Línea Caliente.
Edgar Hernández.
 

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Entre Gutiérrez Barrios y Duarte
2016-10-26

¡Ni la pena vale la analogía, pero las circunstancias en el tiempo y la distancia los juntan!


 


Ambos gobernadores, pero entre el hombre leyenda y un prófugo de la justicia media un abismo.


Con responsabilidades similares pero metas diferentes encontraron sus caminos y transitaron entre la gloria y el infierno.


Para don Fernando Gutiérrez Barrios, fiel hombre del sistema, honesto y con un profundo amor a la patria, la tarea primordial fue el servicio a la república y a su tierra que lo vio nacer, Veracruz.


Mientras para el otro, Javier Duarte de Ochoa, un capo cuyos hijos a la vuelta del tiempo habrán de recriminarle cuando lo visiten a la cárcel, por qué asesinó a tantos periodistas, por qué despareció y enterró en fosas clandestinas a miles de veracruzanos, por qué golpeó a los ancianos y se robó un dinero, muchísimo, que no era de él.


Al conmemorarse este fin de semana el 16 aniversario de la desaparición física del ilustre veracruzano, sus enseñanzas a la luz del peor gobernador que ha tenido Veracruz en su historia, toman una nueva dimensión.


 


Al “Caballero de la Política”, se le recuerda y evoca como a un hombre adelantado a su tiempo quien desde el último tercio del siglo pasado ya hablaba del fin de la era del poder vertical y el advenimiento de la pluralidad, así como el diálogo como premisa del buen gobierno.


El no regresar a calenturas reeleccionistas; vivir en la medianía; ser el centinela del pueblo y esa frase célebre de que  "Si el pueblo, a medio día dice que es de noche, hay que encender las farolas" parafraseando a Carlos Alberto Madrazo, eran parte de sus prendas.


Nada fuera de la ley, era su lema y para el retiro de la vida pública, no la cárcel, sino esa poética expresión hecha canción que dice “Sabia virtud de conocer el tiempo”.


Un intencionado olvido oficial de tres décadas ha pretendido sacarlo de la historia de México y Veracruz.


No lo han logrado los ex presidentes Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón -Peña Nieto no cuenta por autista- así como un puño de gobernadores malagradecidos como Dante Delgado y Patricio Chirinos.


A ello se suma ese descastado afán de Fidel Herrera, a quien don Fernando hizo Senador la República, para que le pagara con burletas  desprecios y el pretender apartarlo de la historia de Veracruz.


Y en seguidillas Javier Duarte, quien nunca conoció al experimentado político pero esa imitación perversa de su padre putativo, Fidel Herrera, lo hizo comprar el desprecio al prohombre negándose a reconocer su legado al arrojarlo al cajón del olvido oficial.


Hoy Fidel purga una prisión en vida en una jaula del oro en Barcelona. Igual que Gustavo Díaz Ordaz, genocida del 2 de octubre cuando lo nombraron, al fin de su mandato, embajador de España. Igual que cuando López Portillo, exilia a otro populista,  Luis Echeverría, como embajador a las Islas Fiji, cuando deja la presidencia.


Y para Duarte, pues para Duarte… pobre.


Tanto se ha escrito en negativo. Tantos insultos recibidos –¡hasta de los Ginos!-. Tanta rabia manifiesta. El hombre más buscado  en 154 países y con un destino manifiesto de 30 años en presión y obligada devolución de lo robado.


¿Cosa juzgada?


No. Habrá que esperar su aprehensión porque esa historia nadie quiere perder.


Mientras en recuerdo a las lecciones de vida que nos queda la enhiesta figura de Fernando Gutiérrez Barrios, a más de tres lustros de su muerte. Vale evocar al hombre institución, al más informado, al de los archivos confidenciales, el centinela de la república, ese político tan amado como temido, el de la mano de hierro con guante de terciopelo.


Lo recordamos como alguien que supo hacer del diálogo una virtud. Al “Hombre Leyenda” que por siempre se mantendrá en la memoria de sus amigos y también en quienes le guardaron distancia acaso por envidia, tal vez por temor. Y es que don Fernando como El Cid, siguió ganando victorias después de muerto.


Hoy regresa a la memoria ese destino que marcó el fin de su vida un lunes 30 de octubre del 2000 cuando sorpresivamente no regresa de la anestesia tras una “exitosa” operación al corazón, misma que deja una enorme incógnita sobre qué pasó, particularmente cuando unos días atrás festejó su cumpleaños en familia y amigos y se le vio pleno.


Son situaciones que mueven a la duda, al igual que ese sospechoso secuestro de Estado en donde salen a relucir los nombres de Ernesto Zedillo y el general Carrillo Olea, en premeditado secuestro de estado.


El general de pacotilla Jorge Carrillo Olea, sería, a la postre, gobernador de Morelos, acaso como pago por sus servicios de contratación y gestación del rapto en complicidad con la banda criminal de los “Caletri”.


Afortunadamente Zedillo y Carrillo Olea hoy son parte del olvido, de la basura de la historia.


Mientras don Fernando sigue presente en el ánimo, en la percepción ciudadana que lo recuerda y evoca, entre la clase política que lo respeta y entre quienes se han dedicado a revisar su paso por las áreas de inteligencia, seguridad nacional como servidor de la república y su obra más querida, como gobernador de Veracruz.


Hoy recordamos al hombre en sus claroscuros “porque la política no la hacen damas de la caridad, sino los hombres”, pero de manera inobjetable por su amor a la Patria.


Sirvió al sistema por más de cuatro décadas y la clase política lo sigue añorando. Y es que tal vez el sistema político nacional no estaría tan polarizado si privilegiara la negociación y tolerancia como acciones sustantivas de buen gobierno.


Y para Veracruz, pues para esta tierra lo mejor de sí.


Solo fueron dos años de gobierno -1987-1988- donde la misión fue devolver la seguridad a la entidad, transitar por el camino de la transparencia y atender las prioridades sociales, de salud y de educación.


Siempre discreto y de resultados, este jarocho, nacido a finales de los 30 –del siglo anterior- le tocó vivir y participar en los más importantes cambios políticos y sociales de la segunda mitad del siglo XX hasta el nuevo milenio.


Hoy se le recuerda, evoca y extraña.


Su figura crece y se consolida al paso de tiempo, mientras en las de otros solo media un ancho camino, pero a la cárcel.


Tiempo al tiempo.


 


*Premio Nacional de Periodismo


 

 
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