A ello se suma una herida vieja: aquella etapa del llamado panismo rojo, cuando en los tiempos de Fidel Herrera Beltrán algunos cuadros blanquiazules aprendieron a convivir demasiado cómodamente con el poder priista. Después vendrían otros entendimientos, otras complacencias y una oposición que muchas veces pareció más preocupada por no incomodar que por fiscalizar. No es casual que durante el gobierno de Cuitláhuac García Jiménez ningún panista de peso terminara realmente pagando costos mayores. En política, los silencios también cobran factura.
Por eso, si Ana Ledezma quiere encabezar algo más que una administración partidista, tendrá que hacer cirugía mayor. Primero, reconciliar al PAN con su militancia, no con sus grupos. Segundo, construir una agenda ciudadana que hable de seguridad, salud, empleo, agua, corrupción y desarrollo municipal sin caer en el berrinche automático. Tercero, formar nuevos cuadros, no reciclar resentidos. Y cuarto, entender que oponerse no significa gritar más fuerte, sino argumentar mejor.
La oposición veracruzana tiene un dilema: seguir culpando a Morena de todos sus males o aceptar que buena parte de su derrota nació de sus propios excesos. Morena creció, sí, pero también creció sobre los escombros de partidos que abandonaron la calle, despreciaron a sus bases y convirtieron la política en reparto de cuotas.
Con Ana Cristina Ledezma, el PAN tiene una oportunidad real de recomponer la unidad perdida por las ambiciones malsanas de unos cuantos. Pero esa unidad no puede ser simulación ni fotografía de registro. Tiene que ser una reconstrucción profunda, incómoda y honesta. Porque el 20 de junio no se elige únicamente una dirigencia: se sabrá si el PAN todavía tiene vocación de futuro o si sólo administra con resignación el acta de defunción de su vieja grandeza opositora.
Al tiempo.
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(COLUMNA "ASTROLABIO POLÍTICO")
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