Dicen que en esta vida hay quienes brillan con luz propia y otros que, de plano, terminan “dando brillo” a lo ajeno. Para muestra, dos botones egresados de la misma casa de estudios que hoy viven realidades opuestas.
Por un lado, tenemos a José Antonio Meade. El famoso "Pepe Meade" no sorprendió a nadie —y no porque sea predecible, sino porque su capacidad es incuestionable— al ser nombrado presidente del Consejo de Administración de HSBC México. Es cierto que como candidato presidencial le faltó "chispa" y resultó un tanto gris, pero en el mundo de los números nadie le regatea nada. Su trayectoria académica y financiera es sólida como una roca, y con este nombramiento el ITAM se puso de plácemes, presumiendo a un "Ex-ITAM" que le da un lustre legítimo a la institución.
Pero, como en todo, hay otra cara de la moneda. Del otro lado está alguien que también "da brillo", pero de forma literal y bastante desafortunada: Amanda Pérez Bolaños.
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Amanda, también egresada del ITAM y actual titular de Comunicación Social de la Suprema Corte, fue presentada en septiembre como un #OrgulloITAM. Sin embargo, hoy el orgullo está un poco abollado. Tras ser captada agachada, dándole lustre a los zapatos del ministro Hugo Aguilar. Más de uno en su alma mater se está rascando la cabeza buscando una explicación.
Hay que ser claros: el repudio generalizado se lo lleva el ministro por su actitud de virrey, pero la imagen de Amanda ahí abajo, fuera de toda lógica y de cualquier manual de organización, es difícil de digerir. Queremos pensar que fue un "lapsus", un arrebato de pena o sorpresa ante el café derramado, pero a estas alturas la pobre de Amanda debe estar como el meme: acostada a medianoche pensando "no debí hacer eso".
Es una verdadera lástima, porque quienes la conocen saben que Amanda es una mujer sumamente preparada, con una carrera impecable en Turismo, Salud y Relaciones Exteriores. Es una profesional con visión estratégica y liderazgo, cualidades que, lamentablemente, quedaron eclipsadas por un trapito y un zapato ajeno.
En fin, gajes del oficio y de la vida pública: mientras unos brillan en las cúpulas bancarias, otros terminan sacando brillo en las alfombras judiciales. ¡Qué cosas! |