Pero lo que en verdad le pone sabor al caldo es que dejar el cargo también significa abrir la puerta al que llega detrás, y las mayoría de las veces, el que se va a la Villa, pierde la silla.
Ya se sabe cómo funciona esto en política: cajones que se abren, cuentas que se revisan y expedientes que empiezan a respirar.
Más de uno deberá pensarlo dos veces antes de soltar una silla cómoda, no solo por el riesgo electoral, sino porque el relevo podría descubrir si hubo mano larga en el presupuesto o si el escritorio guarda más pólvora que papeles.
Sobre todo, porque está probado que los programas sociales, por benéficos que sean, no se traducen automáticamente en votos. No son pocos los funcionarios que no han estado a la altura de la 4T y han devaluado la marca.
Así que se complicó el juego de las sillas. Y, quizá, también se acabó la vieja comodidad de brincar de puesto en puesto sin pagar costo político.
A ver quienes son los guapos o guapas que estarán dispuestos a echarse un clavado del trapecio sin red.
¿Cuántos de los que ya saborean otro hueso estarán dispuestos a renunciar y cuántos preferirán cuidar la cartera? |