Y cuando una fiesta tradicional deja de ser percibida como propia por quienes la heredaron generación tras generación, el problema ya no es de organización; es de identidad. Ya no es de fervor, es de negocio.
Porque hoy, muchos boqueños sienten que la fiesta dejó de pertenecerles.
Todavía hay tiempo para corregir.
Las autoridades municipales y también las eclesiásticas harían bien en escuchar ese mensaje. Porque las tradiciones sobreviven cuando el pueblo las siente suyas, no cuando únicamente las contempla como espectador.
Y ni hablar; los canillazos de la semana son para quienes olvidaron que las tradiciones tienen dueño: el pueblo. |