El diputado Esteban Bautista Hernández, coordinador de la Junta de Coordinación Política del Congreso de Veracruz, salió en defensa de la gobernadora Rocío Nahle ante los señalamientos dirigidos contra su entorno familiar y lanzó un reto directo: “Si alguien tiene pruebas de sus dichos que los presente a las instancias correspondientes”. Lo anterior derivado de las últimas columnas publicadas esta semana que involucran a la familia de la gobernadora, principalmente la de Jorge Fernández Menéndez.
Algo no debería perderse de vista: el periodismo tiene derecho a investigar, cuestionar y exhibir al poder. ¡Faltaba más! Pero una cosa es informar con documentos, testimonios y hechos verificables, y otra muy distinta es lanzar acusaciones, mencionar nombres y dejar que la sospecha haga el trabajo de la prueba.
La libertad de expresión no es patente de corso
Bautista también puso sobre la mesa algo fundamental: “La libertad de expresión es un derecho consagrado en nuestra Constitución, pero tiene límites y se debe ejercer con responsabilidad”.
Y aquí está el meollo del tema, no casuístico pero sí general. No se trata de negar el derecho a la crítica ni de concederle al poder un escudo contra el escrutinio público. Se trata de reconocer que algo falla cuando la especulación se presenta como información comprobada y una narrativa termina ocupando el lugar de los hechos.
Quien acusa debe respaldar lo que afirma. Cuando se difunden imputaciones falsas que lesionan el honor o la reputación, existen vías legales para exigir responsabilidades, aunque corresponde a las autoridades determinar si en cada caso se configura una infracción.
Por eso hay que decirlo claro: ni el poder debe estar blindado frente a la crítica, ni el periodismo debe estar blindado frente a la responsabilidad. Publicar primero y comprobar después puede generar ruido, polémica y hasta miles de reproducciones, pero eso no convierte una versión en verdad.
El cuento de Pedrito y el lobo: la credibilidad se construye con pruebas
Los abuelos solían contar a sus nietos la historia de Pedrito y el lobo. El muchacho gritaba que el lobo se acercaba, los habitantes del pueblo corrían a auxiliarlo y él terminaba riéndose porque todo era mentira. Lo hizo tantas veces que la gente dejó de creerle. Hasta que un día el lobo apareció de verdad y, cuando Pedrito pidió ayuda, ya nadie acudió.
El cuento parecía una simple lección para que los niños no mintieran, pero su enseñanza es más profunda: quien juega constantemente con la verdad pierde algo que cuesta mucho recuperar, la credibilidad.
Y eso no vale solo para quienes ejercen el periodismo. Vale para políticos, gobernantes, opositores, comentaristas y para cualquiera que pretenda que los demás crean en su palabra.
La credibilidad no se exige: se construye con hechos, se sostiene con pruebas y se pierde cuando se abusa de la confianza de los demás.
¡Al vino, vino; y a las pruebas, su lugar!
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |