El escándalo que estalló el martes cuando se dio a conocer que el gobierno norteamericano había pedido al nuestro detener (con fines de extradición) al gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya y a nueve sujetos más, era la oportunidad de oro que la vida le estaba brindando a Claudia Sheinbaum para limpiar al país de narcopolíticos... y la dejó pasar.
En una parte del mensaje que leyó ayer dijo: “Debe quedar sumamente claro: bajo ningún motivo vamos a permitir la intromisión o injerencia de un gobierno extranjero en las decisiones que le competen exclusivamente al pueblo de México. Verdad,
justicia y defensa de la soberanía. Esta es nuestra posición”. Es decir, en lugar de hablarle a la nación, le habló al graderío de Morena que como siempre le brindó su aplauso.
Pero quedó atrapada (y estigmatizada quizá para siempre) porque en el imaginario colectivo pasó en automático de ser presidenta a cómplice y encubridora de narcos.
Y es que es increíble lo que pide.
A pesar de las pruebas que muestran que para llegar a la gubernatura, Rubén Rocha Moya fue apoyado por el narco (que secuestró a militantes de otros partidos y a sus familias, a funcionarios de casilla, a representantes del INE, que quemó papelería electoral, que anduvo casi casa por casa amenazando gente), la señora quiere pruebas de que Rubén es guarro de los narcos.
Aparte de atrapada, la presidenta está entrampada. Si entrega a Rocha caerán como zapotes sobre el pavimento todos los narcopolíticos de Morena que se han beneficiado con dinero del crimen organizado. Y si no lo entrega se caerá el T-MEC, además de que las apuestas están mil a uno a favor de que Donald Trump vendrá por ese individuo y por los que sigan, hasta llegar a Palenque por la cabeza del narco mayor.
Y es que ¿cuánto durará el apoyo a Rocha antes de que Trump, que ahorita está escupiendo fuego contra Irán, vuelva otra vez sus ojos hacia México?
“Verdad, justicia y defensa de la soberanía” dijo la presidenta y aquí me quiero detener. Prácticamente no hay mañanera donde no hable de soberanía. Su obsesión es que México pueda perder la soberanía lo que sería el fracaso más grande de su vida.
¿Pero qué entiende por perder la soberanía?
Lo pregunto porque ninguna nación la pierde cuando le pide ayuda a otra nación para luchar contra el narco. Por otra parte, ¿de qué soberanía habla cuando su antecesor entregó casi la mitad del territorio nacional a los delincuentes? Si eso no es perder la soberanía no sé cómo se llamará.
¿Cómo entender su concepto de soberanía cuando hubo un momento, en la serie de preguntas y respuestas, en que casi defendió al gobernador criminal?
Un analista dijo que para la presidenta resultó más cómodo el argumento del nacionalismo que en asumir una posición de Estado.
Esto último es imposible porque la presidenta no es una estadista, sino una mujer a la que le interesa más obedecer las órdenes de Palenque, que la seguridad que juró brindar a los mexicanos.
¿Qué sigue?
Esperar la reacción de aquel lado del Bravo. Y si la presidenta insiste en vestir de Niño Héroe a Rocha Moya allá ella, pero que no embarre a los mexicanos. bernagup28@gmail.com
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