La última vez que se le vio por la Cuenca, en Tlacotalpan para ser precisos, ni ruido hizo… bueno, siendo francos, tiene rato que dejó de hacerlo… A veces se aparece por Otatitlán… aunque también se deja ver en su moto por Xico… se insiste: ya no con toda la bola que le seguía en sus años de gloria como vicegobernador tropical y no simple secretario de Gobierno con ínfulas de tlatoani jarocho. Hoy, Bola 8 pimponea de la Cuenca a Coatepec como quien anda calando el terreno, midiéndole el agua a los camotes y buscando en qué distrito –piensa él– todavía le queda tantita gasolina política para competir por una curul federal… aunque algunos dicen que más que campaña, parece tour de “recuerden cuando fui poderoso”. Y sí… me responden desde la Cuenca a propósito de la columna “Javier, el nuevo golondrino”, que Bola 8, en proporción, se parece bastante al Cacharro Herrera Borunda, o al revés. Así lo explican: Antes del 2018, Bola 8 era prácticamente inexistente para los veracruzanos… sí, veracruzano de nacimiento, pero con más kilometraje político y personal fuera de la entidad que dentro de ella. Lo conocían más en la Baja Cuencalifornia que en los bajos de los palacios municipales jarochos. Antes de este 2026, Veracruz era casi inexistente para Javier Herrera… sí, hijo de Fidel, pero fabricado en la Ciudad de México y facturado políticamente lejos del calor, del lodo y del sudor veracruzano, tanto, que apenas en la Cuenca lo empiezan a ubicar… y no precisamente porque haya sembrado estructura o cercanía, sino porque el apellido todavía hace eco en algunas mesas de café y en ciertos álbumes priistas llenos de nostalgia. Porque seamos honestos: Javier no llega con trayectoria propia en la región… llega con herencia. Y en política, hay quienes reciben una estafeta… y otros creen recibir escrituras. II Javier Herrera, a diferencia de Bola 8, inició hace unos días su aparición por el distrito… cosas de la vida… Bola 8 no sólo recorrió la Cuenca durante seis años, sino prácticamente todo Veracruz porque su proyecto era otro: la gubernatura. Y aunque terminó más desinflado que globo de feria al tercer día, nadie puede negar que caminó el estado. En tanto, Javier apenas empieza a caminar el distrito con la pretensión –dicen sus cronistas y uno que otro fidelista en rehabilitación– de luego caminar todo Veracruz… Pero los cuenqueños, colmillo largo y retorcido, no sudan esas calenturas electorales. Ellos no “recorren” el distrito… lo viven. Lo caminan como quien sale al vecindario y se encuentra con fulano, sutano y perengano… se saludan, se toman el café, la chela, hablan de la caña porque la trabajan; hablan del río porque lo padecen cuando crece; hablan de los caminos porque saben dónde se rompe el eje del coche y dónde está parejo. Conocen las altas y bajas de la región porque ahí tienen enterrado el ombligo… no porque un asesor les armó una ruta en Excel para tomarse fotos. Y ahí está la diferencia entre el político de territorio… y el turista electoral. III Sí, hay aspirantes a las curules, sean la local o la federal… y están Álvaro Gómez, Tavo Sentíes, Zulema Aguilar, Priscila Carrera y Felipe Pineda, por citar a quienes hacen realmente política en la Cuenca. Política de la incómoda, de la de diario, de la que implica aguantar reclamos, resolver broncas y tragarse el calorón en comunidades. No política de hobby. No política de fin de semana. No política de GPS. Ni política hereditaria. Los cuenqueños lo saben, lo viven y lo entienden porque son y están allá… y con ese colmillo largo y retorcido, vuelven a ver cómo en cada proceso electoral aparecen las golondrinas: llegan, revolotean, prometen, saludan niños, comen toritos, se toman la foto junto al río y luego emigran. Y de vez en cuando también aparece uno que otro zopilote… de ésos que sobrevuelan donde creen que todavía hay algo qué carroñear políticamente. Y claro… de vez en cuando, también cae uno que otro tucán… colorido, exótico, bien peinado, muy sonriente… pero que apenas descubre que la Cuenca no es un escenario de campaña, sino una región con memoria. |