Eso quizá sea peor para los mercados que una mala noticia definitiva. Es decir, que, si Trump lo hubiera rechazado totalmente, México y Canadá sabrían a qué atenerse, pero así, el fantasma de la maldita incertidumbre mantendrá en vilo la producción, los empleos, las exportaciones y las inversiones directas en el país.
Los inversionistas pueden adaptarse a casi cualquier regla, pero lo que no soportan es la incertidumbre y esta decisión seguramente se verá reflejada en las acciones y en la Bolsa.
Ahora México y Canadá se sujetarán a revisiones periódicas, ajustes y nuevas negociaciones prácticamente cada año, lo que para muchos especialistas equivale a mantener abierta una negociación permanente con Washington.
El impacto puede sentirse precisamente donde más duele: inversiones de largo plazo, nearshoring, cadenas de suministro y decisiones industriales que requieren horizontes de diez o quince años.
En pocas palabras: Trump no rompió el T-MEC, pero decidió mantenerlo en vilo bajo correa corta.
Y conociendo el estilo del presidente estadounidense, no pocos empresarios sienten que la certidumbre económica de Norteamérica quedó ahora sujeta al humor político de Washington. |