El fenómeno no es nuevo ni siquiera ilegal. La democracia necesita nuevos partidos, nuevas ideas y nuevas opciones para los ciudadanos. Lo que genera sospecha es cuando lo único nuevo termina siendo el logotipo como ha sucedido en Veracruz con los nuevos partidos locales.
Porque mientras millones de mexicanos cambian de empleo, emprenden o sobreviven a la incertidumbre económica, existe una clase política que parece haber encontrado la fórmula de la eterna reincorporación presupuestal.
Pierden un partido. Fundan otro. Pierden el siguiente. Construyen uno más. Y vuelven a empezar. ¿Sus nombres? Repetirlos es revivirlos.
Por eso el verdadero examen no será el registro ante el INE ni el número de afiliados.
Será si estas nuevas organizaciones representan nuevas propuestas o simplemente nuevas franquicias administradas por viejos inquilinos del presupuesto público.
Aunque esa pregunta se responde sola y se conoce en qué parará el negocio con los nuevos partidos nacionales y locales, dejamos que la suya esté por encima de la nuestra.
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