Hay una narrativa política que todos los días intenta vender la idea de que Claudia Sheinbaum va en picada. Pero hay un pequeño detalle con esa historia: los ciudadanos no parecen estar comprándola.
El ranking latinoamericano correspondiente a septiembre de la firma CB Global Data coloca a la presidenta de México en el primer lugar de aprobación con un 69% de imagen positiva, superando a Nayib Bukele, mandatario de El Salvador, quien registra un 66.2%.
Sheinbaum pasó del segundo lugar en agosto al primero en septiembre, incrementando su valoración positiva frente a la medición previa.
El choque entre el ruido mediático y la demoscopia
¿Eso quiere decir que México no enfrenta problemas? ¡Por supuesto que no! Existen desafíos graves en el país. Sin embargo, una cosa es señalar las fallas gubernamentales que deben corregirse y otra muy distinta intentar construir de forma cotidiana una percepción de desastre nacional.
Oposición sin alternativa: Los bloques opositores no solo lucen débiles, sino que carecen de un modelo económico y social capaz de competir con el proyecto de la 4T. Al no ofrecer propuestas viables, la percepción pública los vincula únicamente con el modelo previo que fue rechazado en las urnas.
El papel de los medios: Diversas mesas de análisis en radio, televisión y prensa escrita parecen inclinadas a adoctrinar contra las políticas de redistribución de recursos en lugar de ofrecer diagnósticos equilibrados.
El peso del capital político
A pesar de la estridencia mediática, los datos duros cuentan una historia completamente distinta: la presidenta mantiene un elevado capital político y se consolida como una de las figuras con mayor respaldo popular en el continente.
¿Este porcentaje de aceptación se traducirá automáticamente en votos para su partido en los próximos procesos electorales? No necesariamente. Sin embargo, el mensaje de fondo es contundente: criticar la gestión gubernamental es un ejercicio democrático legítimo, pero negar la percepción mayoritaria de los ciudadanos es aislarse de la realidad.
Una narrativa puede repetirse mil veces en las mesas de debate, pero cuando las encuestas y las urnas hablan, es la realidad —y no el ruido político— la que termina por imponerse. |