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LA INFLACIÓN TAMBIÉN HACE CAMPAÑA

Ni es el desastre absoluto que algunos anuncian todos los días, ni es el paraíso económico que otros pretenden vender.

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Francisco Licona
2026-07-11  
20:15

Hay palabras que en política valen más por el miedo que generan que por su significado real. Una de ellas es “inflación”.
Basta que suba el precio del limón, del tomate o del chile, para que las redes sociales, los cafés políticos y hasta las sobremesas familiares se llenen de sentencias lapidarias: “La inflación está fuera de control".
Y sin embargo, la economía suele contar otra historia.
Hace unos días, el INEGI informó que la inflación anual cerró junio en 3.37 por ciento, el nivel más bajo desde diciembre de 2020. Incluso, los precios registraron una disminución mensual de 0.27 por ciento, el mejor comportamiento para un mes de junio desde que existe este indicador.
Pero salga usted a decir eso en un mercado popular. La respuesta será inmediata: ¿Cómo que bajó la inflación si el limón y el huevo están carísimos? O expresiones reduccionistas como esa.
La respuesta correcta, aunque parezca imposible, es que los dos lados razón. Porque una cosa es la inflación y otra muy distinta el precio de algunos productos.
La teoría económica define la inflación como el aumento generalizado y sostenido de los precios.
Generalizado significa que suben prácticamente todos los bienes y servicios; sostenido quiere decir que ese aumento permanece en el tiempo.
Cuando únicamente se disparan algunos productos agrícolas por cuestiones climáticas, de oferta o de temporada, el fenómeno existe y afecta el bolsillo de las familias, técnicamente no describe por sí mismo el comportamiento de toda la economía.
Ahí comienza el terreno favorito de la política. Resulta mucho más rentable decir que "todo está carísimo" que explicar por qué el precio de algunos productos cambian con las lluvias, las plagas o los ciclos agrícolas, por ejemplo.
La simplificación vende. La explicación, casi nunca.
Pero tampoco sería justo irse al otro extremo. Los gobiernos suelen presumir las cifras del INEGI mientras millones de familias siguen quejándose que el dinero alcanza para menos.
Y esa percepción también importa. Porque la economía no sólo se mide con indicadores; también se vive en la despensa.
Por eso existe otro dato que los especialistas siguen con especial atención: la llamada inflación subyacente, considerada el corazón del fenómeno porque elimina los precios más volátiles como frutas, verduras y energéticos.
En la actualidad ese indicador sigue siendo elevado, aunque lleva varios meses desacelerándose. Lo cual tampoco ha merecido la pena cacarearlo de parte de la oposición y el gobierno no ha sabido cómo.
Es decir, ni es el desastre absoluto que algunos anuncian todos los días, ni es el paraíso económico que otros pretenden vender.
Como casi siempre sucede, la realidad se encuentra en medio. Quizá por eso la inflación seguirá siendo una de las mejores herramientas de la política.
Porque mientras los economistas hablan de porcentajes, expectativas y series estadísticas, la ciudadanía hace cuentas con el carrito del supermercado.
Y entre una cosa y otra, casi siempre termina ganando la narrativa.
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