El agotamiento y fin del posneoliberalismo ha sido casi global; no podría ser de otra manera.
El llamado obradorato sigue su devenir y tiene su razón de origen tanto en lo externo como en lo interno.
Se fraguó en un contexto económico y social general. No fue producto de la generación espontánea: la partidocracia y la pseudo-intelectualidad de pizarrón la acompañaron y, ciertamente, la forjaron, inmersa en una globalización del capital cuya conducta local generó una voracidad presupuestal petrolera, agotada desde hace diez años.
Bien se explicaron desde el pizarrón las teorías prevalecientes para una realidad ajena, cada día más empobrecida, desigual y violenta, alentada desde el poder central y desde los virreinatos regionales, esperando resolver desde las arcas públicas la magra y contradictoria situación nacional.
Así, aunque sigamos asumiendo que el gobierno presupuestal todo lo puede lograr, seguiremos esperando un cambio, y unos cuantos más lograrán el poder político para imaginar otra realidad que sueñen con transformar.
La política y el gobierno se han desacoplado funcionalmente de la economía. Sin ser su solución, se han convertido en su lastre para una dinámica económica externalizada e internamente sustentada en los servicios.
Proponer y crear un nuevo acompañamiento intelectual hacia el pasado o hacia un futuro que nunca fue es una clara muestra de nostalgia y de la idea de que la sociedad seguirá ausente como razón y fin de la nueva democracia por construir, por sí y para sí. Ya veremos pronto el siguiente capítulo de este drama.
El mundo cambió y el cambio en México seguirá, sin duda, esperando; quizá hasta 2026.
Joan Rega, colaborador de Asuntos Especiales de Política Al Día |