Cuando Morena llegó al poder y por fin el “presidente legítimo” llegó a Palacio, vieron el escenario con claridad: si soltaban lo ganado, alguien más lo ocuparía. Así es la política que parte de la filosofía pragmática de Maquiavelo: los vacíos siempre se llenan.
Si el movimiento dejaba de marchar, las calles se hubieran quedado “vacías” y la oposición pronto las habría ganado. Esa era una premisa que desde Palacio no se debía permitir.
La oposición después de 2018 había quedado moralmente derrotada, pero no por ello estaba muerta.
Bien dicen que “el político debe tener el instinto del cazador: no disparar sobre el tigre, o solo herirlo con vista certera y mano firme. Si el tigre solo queda herido, se exaspera y lo veréis volver”.
En lo anterior radica el porqué de las asambleas como las de este fin de semana. En realidad, “celebrar” dos años del triunfo de Claudia Sheinbaum no es la razón; se trata de no dejarles las calles a la oposición. Si Claudia y los demás gobernantes no realizaran sus asambleas, la oposición las estaría haciendo. Serían ellos los que llenarían los foros, los que criticarían bajo el sol a plomo, los que arengarían y exigirían resultados. El tigre herido podría reanimarse.
Hoy la crítica es contra el acarreo… ¡Claro que lo hay! Los políticos no son artistas. Habrá quienes sí quieran ir a los mítines, pero no hay forma de llenar estadios o plazas sin el apoyo en la movilización de los asistentes. No se necesitan más que dos dedos de frente para saberlo, por eso esa molestia es inútil e inocente.
No se trata, por tanto, de convencer a los críticos. No solo se trata de vender una idea de músculo político o popularidad; se trata también, ojo, de no dejar que despierte el tigre y de no perder lo ganaron: ¡las calles!
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