Los Políticos.
Salvador Muñoz.
 

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Nahle 2025-2026
2025-12-31

El 2025 se le fue a Rocío Nahle como esos discursos improvisados que arrancan con seguridad, tropiezan con la realidad y terminan aclarados al día siguiente “porque no se entendió bien”. Fue un año intenso, sí, pero no por logros memorables, sino por una colección de dislates que ya quisieran tener su propio archivo histórico.


Desde temprano quedó claro que la prudencia no iba a ser protagonista. Declaraciones desafortunadas, frases ambiguas, explicaciones innecesarias y ese peculiar talento para decir exactamente lo que no se debía decir en el peor momento posible. La política, que exige cálculo, fue sustituida por el impulso. Y el impulso, cuando gobierna, siempre factura.


El primer gancho serio al hígado vino con el caso de la maestra Irma Hernández. En medio de la indignación social por un secuestro y asesinato que cimbró al estado, la gobernadora resolvió el drama con una frase quirúrgica: murió de un “infarto”. Así, sin anestesia y sin tacto. No importaron los peritajes posteriores, ni el contexto de terror, ni la indignación colectiva. La frase quedó tatuada en la memoria pública como ejemplo perfecto de cómo no comunicar una tragedia.


Pero si la muerte fue reducida a un asunto cardiológico, la naturaleza tampoco escapó a la minimización oficial. Cuando los ríos crecieron y las comunidades se preocuparon –porque en Veracruz el agua siempre avisa antes de cobrar factura– la explicación fue tranquilizadora: el incremento era “leve”. Leve para el discurso, porque para los que viven en las orillas, el agua nunca sube poquito. Sube y se mete.


Luego vino la joya conceptual del año: el “exceso de libertad de expresión”. Una frase digna de antología política. Porque no todos los días se escucha a un gobierno advertir que hay demasiada libertad. ¿Demasiada para quién? ¿Para los periodistas? ¿Para los críticos? ¿Para los que preguntan incómodo? Misterio sin resolver.


Y hablando de periodistas, el episodio del reportero acusado de terrorismo terminó de redondear el cuadro. En Veracruz, cubrir violencia puede convertirte –según la narrativa oficial– en amenaza a la seguridad del Estado. La palabra se dijo, se defendió y luego se intentó suavizar. Pero el daño ya estaba hecho: la libertad con “excesos” ya tenía consecuencias prácticas.


En paralelo, el gabinete se movía como mesa de dominó mal acomodada. Funcionarios que merecían salir, algunos que salieron y otros que sobreviven y una sensación persistente de improvisación. Gobernar parecía más ensayo que ejecución. Más reacción que planeación.


Y sin embargo –porque la ironía es puntual– mientras Veracruz tropezaba entre discursos y rectificaciones, a la gobernadora le fue bastante bien. Económicamente, por supuesto. El aumento salarial llegó sin debate público, sin excesos de libertad de expresión y sin frases desafortunadas. Ahí sí hubo claridad, firmeza y disciplina administrativa. Para eso no hizo falta matizar. No como los vales de Chedraui que todavía motivan manifestaciones de la empleomanía…


La contradicción es evidente: austeridad en el discurso, holgura en el ingreso; sensibilidad social en el papel, torpeza verbal en la práctica. Veracruz ajusta, el poder se recompensa.


Al cierre del año queda una esperanza que suena más a deseo que a pronóstico: que 2026 traiga prudencia, humildad y tacto político. No como consigna, sino como práctica. No por ella, que claramente no la pasa mal, sino por Veracruz, que ya pagó suficientes costos por declaraciones mal pensadas.

 
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