Pero si la muerte fue reducida a un asunto cardiológico, la naturaleza tampoco escapó a la minimización oficial. Cuando los ríos crecieron y las comunidades se preocuparon –porque en Veracruz el agua siempre avisa antes de cobrar factura– la explicación fue tranquilizadora: el incremento era “leve”. Leve para el discurso, porque para los que viven en las orillas, el agua nunca sube poquito. Sube y se mete.
Luego vino la joya conceptual del año: el “exceso de libertad de expresión”. Una frase digna de antología política. Porque no todos los días se escucha a un gobierno advertir que hay demasiada libertad. ¿Demasiada para quién? ¿Para los periodistas? ¿Para los críticos? ¿Para los que preguntan incómodo? Misterio sin resolver.
Y hablando de periodistas, el episodio del reportero acusado de terrorismo terminó de redondear el cuadro. En Veracruz, cubrir violencia puede convertirte –según la narrativa oficial– en amenaza a la seguridad del Estado. La palabra se dijo, se defendió y luego se intentó suavizar. Pero el daño ya estaba hecho: la libertad con “excesos” ya tenía consecuencias prácticas.
En paralelo, el gabinete se movía como mesa de dominó mal acomodada. Funcionarios que merecían salir, algunos que salieron y otros que sobreviven y una sensación persistente de improvisación. Gobernar parecía más ensayo que ejecución. Más reacción que planeación.
Y sin embargo –porque la ironía es puntual– mientras Veracruz tropezaba entre discursos y rectificaciones, a la gobernadora le fue bastante bien. Económicamente, por supuesto. El aumento salarial llegó sin debate público, sin excesos de libertad de expresión y sin frases desafortunadas. Ahí sí hubo claridad, firmeza y disciplina administrativa. Para eso no hizo falta matizar. No como los vales de Chedraui que todavía motivan manifestaciones de la empleomanía…
La contradicción es evidente: austeridad en el discurso, holgura en el ingreso; sensibilidad social en el papel, torpeza verbal en la práctica. Veracruz ajusta, el poder se recompensa.
Al cierre del año queda una esperanza que suena más a deseo que a pronóstico: que 2026 traiga prudencia, humildad y tacto político. No como consigna, sino como práctica. No por ella, que claramente no la pasa mal, sino por Veracruz, que ya pagó suficientes costos por declaraciones mal pensadas. |