Este reacomodo nacional tiene efectos colaterales claros en los estados, particularmente en Veracruz. Para la gobernadora Rocío Nahle García, la caída del tabasqueño significa también deshacerse de uno de sus principales enemigos políticos. Un personaje que nunca la respetó, que jamás le guardó consideración y que tuvo el descaro de apadrinar a figuras que hoy representan lo más cuestionable del oportunismo político, incluidos integrantes del Clan Yunes de Boca del Río y militantes de Morena de bajísima calidad moral, dispuestos a vender principios por monedas mientras se erigían falsamente en “conciencias éticas” del partido.
El caso del senador Manuel Huerta Ladrón de Guevara es ilustrativo. Su alineamiento incondicional con Adán Augusto lo coloca hoy en la lista de damnificados políticos, en esa larga fila de “viudas” que deja todo liderazgo caído. La política no perdona a quienes se equivocan de ola: quien no entiende la inercia del poder termina revolcado por ella, y a veces —metafóricamente— ahogado por su propia saliva.
Otro ejemplo es el del diputado federal Sergio Gutiérrez Luna, quien alguna vez, apelando a un acta de nacimiento en Minatitlán, se construyó el castillo mental de que podía ser gobernador de Veracruz. La realidad es más cruel: no gana ni en su presunto seccional, es plurinominal por el Estado de México y, según versiones locales, tampoco ahí lo identifican como propio.
Así, los padrinazgos políticos del tabasqueño hoy transitan la orfandad. Y aunque en Washington solo circulan versiones y trascendidos —no resoluciones— sobre un creciente interés de agencias estadounidenses en ciertos personajes del pasado reciente, en política basta la sospecha para que el poder tome distancia. Sheinbaum lo entendió. Y como Cárdenas en su tiempo, decidió que, para gobernar, primero había que cortar.
Al tiempo.
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