Resulta difícil no advertir la contradicción: autoridades que se declaran juaristas en tribuna y efeméride, pero que toleran —cuando no provocan— el abandono del patrimonio que encarna ese legado. La Cuarta Transformación presume respeto por la historia; la realidad exhibe descuido administrativo, prioridades invertidas y una peligrosa normalización del deterioro. No es falta de dinero: es falta de voluntad, planeación y rendición de cuentas.
El daño no es solo simbólico. Veracruz es puerta de entrada turística y cultural. Un faro clausurado, con riesgo estructural, a la vista de visitantes nacionales y extranjeros, envía un mensaje inequívoco: aquí la memoria estorba y el mantenimiento no vota. El turismo cultural no se construye con inauguraciones de utilería, sino con conservación seria, programas museográficos, seguridad estructural y acceso público digno.
Hay responsabilidades claras. El ámbito federal tiene obligaciones en la preservación del patrimonio histórico; el estatal, en la coordinación y supervisión; el municipal, en el mantenimiento cotidiano y la gestión local. Cuando todos miran a otro lado, el resultado es el que vemos: un inmueble histórico cerrado por peligro de derrumbe. Eso no es prudencia; es negligencia acumulada.
La ética pública exige algo más que discursos. Exige diagnóstico técnico del edificio, presupuesto etiquetado, calendario de obra, transparencia en contratos y reapertura con contenidos educativos. Exige, además, respeto a la legalidad y a la memoria cívica. Las Leyes de Reforma no son una consigna para mítines: son un programa de convivencia democrática que se honra con hechos.
La ironía es amarga: el faro, creado para orientar, hoy extravía. Extravía a gobernantes que confunden propaganda con política pública; extravía a una administración que presume transformación mientras deja que la historia se desmorone; extravía a una ciudadanía cansada de promesas inaugurales que no sobreviven al primer temporal.
No se trata de linchar a nadie, sino de exigir lo obvio. Restaurar el faro es una obligación moral y legal. Reabrirlo al público es un acto de justicia histórica. Integrarlo a un circuito cultural serio es una decisión inteligente. Y rendir cuentas por el abandono es una condición mínima de respeto a Veracruz y a México.
Porque la memoria no se decreta, se cuida; y quien invoca a Juárez sin conservar sus símbolos, no gobierna con principios, gobierna con consignas.
Cuando el poder se envuelve en Juárez pero deja caer su faro, no transforma la historia: la traiciona.
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