Además de que –dicho por él mismo- su experiencia en materia electoral se limita a haber impreso boletas electorales en su anterior chamba y ser funcionario de casilla, también está en entredicho su probidad, luego del sospechoso resultado en el examen de conocimientos aplicado durante el proceso de “auscultación” de los aspirantes: obtuvo 99 de 100 puntos. Ni siquiera quienes acreditaban décadas de experiencia en la materia se acercaron a semejante calificación. Así que todo apunta a que las respuestas le fueron entregadas de antemano, lo que convierte su designación en una burla y al proceso en su conjunto en un fraude. Ello representa un golpe seco a la credibilidad del INE y a la de su conducción de las futuras elecciones.
Este episodio forma parte de una estrategia sistemática del oficialismo para colonizar, cooptar y controlar por completo todas las instituciones del Estado y, en su lugar, degradarlas en oficinas de operación político-electoral como parte de su proyecto de perpetuación en el poder, a la manera del viejo sistema de PRI hegemónico, con el que comparten más coincidencias y objetivos en común de los que están dispuestos a reconocer.
La democracia mexicana nunca fue perfecta. Estuvo marcada por irregularidades, simulaciones y varios intentos por controlar y manipular a los organismos electorales. Pero el INE representaba un faro: un árbitro que desde 1997 contaba con credibilidad suficiente para garantizar que las elecciones fueran, al menos, competidas y sus resultados, creíbles.
Hoy, con un órgano sometido por el régimen, esa credibilidad se desvanece. El país regresa a una lógica de autocracia rupestre, donde el poder controla al árbitro y las elecciones se convierten en rituales legitimadores que no pasan de ser meras pantomimas. Es un retroceso más autoritario incluso que el del viejo priismo, porque se ejerce con menos pudor y con mayor concentración de poder.
La transición democrática mexicana fue un proceso complejo, lleno de contradicciones, de despropósitos y errores. Pero representó un paso adelante respecto del autoritarismo antidemocrático del priismo omnímodo, y cuya principal virtud fue la apertura y la consolidación de libertades y derechos para la ciudadanía.
Ahora, el país regresa a una lógica de control absoluto, donde las instituciones se subordinan al poder político. La autonomía del INE, conquistada tras décadas de lucha ciudadana, se diluye en un mar de complicidades y simulaciones. Lo que antes fue un contrapeso fundamental para lograr elecciones libres y alternancia en el poder, hoy se convierte en un engranaje más del aparato gubernamental.
La caída del INE representa el fin de la transición como la conocimos, que ha quedado definitivamente clausurada. Un retroceso histórico monumental que coloca a México en ruta, sin escalas, hacia la tiranía.
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