Porque si fue una decisión estrictamente personal, Rocha Moya colocó a Morena y al gobierno federal en una posición incómoda. Y si hubo comunicación política previa, entonces las señales públicas fueron, cuando menos, contradictorias.
Lo cierto es que el respaldo político que muchos esperaban no apareció con la fuerza suficiente.
Y 30 horas después, Rocha volvió a solicitar licencia, ahora por tiempo indefinido.
¿Presión política? ¿Rectificación? ¿Una decisión personal que terminó resultando demasiado costosa?
Todavía faltan respuestas.
Pero algo quedó claro: regresar al cargo no resolvió el problema de Rocha Moya; lo hizo todavía más visible.
Ahora el futuro del exgobernador dependerá menos del ruido político y más de lo que determinen las investigaciones de la FGR y, en su caso, de la información o pruebas que México haya solicitado a Estados Unidos.
Treinta horas bastaron para confirmar que, en política, regresar también puede ser una forma de irse.
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