Y, como se sabe, las diferencias entre México y USA sobran y no son de hoy, sino históricas y actuales como migración, aranceles, seguridad fronteriza, combate al narcotráfico, revisión del T-MEC y protección de los mexicanos en territorio estadounidense, forman parte de una agenda que difícilmente puede atenderse desde la distancia o mediante comunicados.

Por lo mismo debió asistir el primer ministro canadiense, Mark Carney. Canadá tampoco vive un momento sencillo con Washington. Sin embargo, entendió que la diplomacia no consiste en premiar simpatías personales, sino en mantener abiertos los canales de negociación.
Sobre todo, que era la imagen ante el mundo que lucha por los mercados con los tres países organizadores del mundial y como bloque comercial más grande del orbe debía mostrarse así.
Donald Trump, además, entiende mejor que pocos el poder político de los símbolos. Convirtió una final deportiva en un escenario diplomático. Y obligó a sus dos principales socios comerciales a decidir entre asistir o convertir la ausencia en otro frente de confrontación.
Desde luego que habrá quienes hubieran preferido un desaire. Pero en política exterior un desplante puede generar aplausos internos pero también costos internacionales muy altos.
Los Estados no negocian afectos, negocian intereses y eso Sheinbaum pareció entenderlo muy bien.
Así que mientras Estados Unidos siga siendo el principal destino de las exportaciones mexicanas y el país donde viven millones de connacionales, cualquier presidente mexicano —sea del partido que sea— tendrá que sentarse frente al ocupante de la Casa Blanca.
Eso explica por qué, en ocasiones, gobernar obliga a los funcionarios a tomar decisiones que un candidato probablemente no tomaría.
No por cortesía, por la responsabilidad de un principio permanente de la política exterior.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |