Un estudiante promedio armado con inteligencia artificial puede responder un examen de matemáticas más rápido que un profesor titulado. La máquina resuelve en segundos lo que al docente le toma minutos de desarrollo y comprobación. Sin embargo, obtener un resultado a velocidad de clic no equivale a poseer el conocimiento para entenderlo, cuestionarlo o defenderlo.
Si a ese mismo estudiante le quitamos la pantalla y le pedimos evaluar un problema fuera de libreto, el espejismo se destruye. La herramienta automatiza la respuesta, no el criterio.
Ese es el verdadero dilema que la prueba PISA pone al descubierto. El examen no mide quién memoriza o encuentra primero un dato, sino qué pueden hacer los jóvenes con lo que saben frente a contextos reales. Por ello, descalificar PISA por razones ideológicas o sostenerla como un dogma intocable es ignorar el problema de fondo: el modelo educativo mexicano sigue evaluando para el siglo XX en un entorno dominado por la automatización.
La inteligencia artificial no sustituye al pensamiento; vuelve urgente la necesidad de enseñarlo. El reto pedagógico ya no es memorizar respuestas que cualquier algoritmo genera en milisegundos, sino formar mentes capaces de formular las preguntas correctas, verificar la información y resolver problemas inéditos.
Insistir en una educación centrada en la memoria para competir contra herramientas del mañana es condenar a las nuevas generaciones a la obsolescencia.
En la discusión educativa, la mezquindad política sobra; lo único que importa es si estamos formando ciudadanos capaces de pensar o simples espectadores de la tecnología.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |