Esa historia compartida se profundizó en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, donde Montiel operó en Bienestar y Nahle en Energía. No se trata solo de afinidades ideológicas, sino de una coordinación política que ha demostrado eficacia territorial. Por eso, la reciente cercanía y los encuentros entre ambas no deben leerse como cortesía política, sino como la consolidación de un eje de poder que tendrá impacto directo en Veracruz.
Bajo esta lógica, la elección intermedia en la entidad no será un campo abierto, sino un proceso altamente controlado desde el centro, con operadores alineados y estructuras depuradas. Y ahí es donde el discurso de Huerta se desmorona: lejos de fortalecerse, enfrenta el peso de una dirigencia que conoce de primera mano las irregularidades y quejas que se acumularon durante su paso por Bienestar. La desarticulación de esa estructura, que durante años presumió como propia, es hoy un golpe directo a sus aspiraciones.
En paralelo, sus presuntos acercamientos con Movimiento Ciudadano no hacen sino confirmar su aislamiento dentro de Morena. Apostar a una candidatura externa no es una jugada de fuerza, sino la evidencia de que las puertas internas se le están cerrando.
Así, mientras algunos celebran cambios sin entender su profundidad, en Veracruz se está configurando un nuevo mapa político: uno donde la disciplina, la lealtad y las alianzas de largo aliento pesan más que las ambiciones personales. Y en ese tablero, hay quienes ya no tienen asiento.
Al tiempo.
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(COLUMNA "ASTROLABIO POLÍTICO")
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