Porque Adán Augusto López Hernández no llega a Veracruz como un visitante cualquiera. Llega cargando el peso político de los señalamientos que persiguen a su grupo cercano, de las versiones que lo vinculan con estructuras de operación territorial polémicas y de un desgaste nacional que golpea directamente la credibilidad moral del movimiento fundado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Pero también llega a encontrarse con uno de los apellidos más repudiados por amplios sectores del morenismo veracruzano: los Yunes.
El Clan Yunes representa exactamente aquello contra lo que Morena construyó durante años su narrativa política en Veracruz: el viejo régimen, el control caciquil, la concentración del poder familiar y el uso patrimonialista de las instituciones. Por eso, ver a operadores de la llamada Cuarta Transformación compartiendo mesa, celebración y cercanía política con ese grupo no solo genera ruido; genera indignación dentro de las propias bases morenistas.
Y el mensaje parece aún más calculado por el contexto.
Mientras la gobernadora Rocío Nahle García concentraba esfuerzos en la realización del segundo Festival Yolpaki —un proyecto cultural y turístico enfocado en reivindicar la dignidad de los pueblos originarios y convertir a Veracruz en un nuevo polo de desarrollo regional—, desde otro frente pareciera impulsarse una estrategia para contaminar el escenario político estatal con acuerdos, alianzas y presencias que evocan exactamente el pasado que la actual administración intenta desmontar.
Porque mientras Nahle apuesta por reconstruir institucionalmente un estado saqueado durante décadas, otros parecen empeñados en reciclar a los mismos actores responsables de buena parte de la tragedia veracruzana.
La diferencia de visiones es brutal.
De un lado, una gobernadora intentando reposicionar a Veracruz mediante infraestructura, turismo cultural, identidad regional y orden financiero. Del otro, grupos políticos que continúan operando bajo la lógica del acuerdo cupular, de la sobrevivencia de élites y de la fotografía como instrumento de presión política.
Y en política, las fotografías nunca son inocentes.
Mucho menos cuando aparecen juntos personajes que hace apenas unos años representaban proyectos supuestamente irreconciliables. Lo que hoy se observa es el pragmatismo más crudo: la construcción de bloques de poder que buscan mantenerse vigentes, aunque para ello deban traicionar discursos, principios o banderas ideológicas.
El problema para Morena es que esas imágenes erosionan su narrativa histórica.
Porque mientras millones de simpatizantes siguen creyendo en una transformación auténtica, ciertos liderazgos parecen más preocupados por pactar con quienes ayer llamaban corruptos, saqueadores o enemigos del pueblo.
Veracruz vuelve así a convertirse en laboratorio político nacional. Un territorio donde se enfrentan dos proyectos: el de la reconstrucción institucional encabezada por Rocío Nahle García y el de las viejas estructuras que se resisten a morir y buscan reacomodarse bajo cualquier sigla, cualquier alianza y cualquier fotografía.
Al tiempo.
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(COLUMNA "ASTROLABIO POLÍTICO")
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