Bitácora Veracruz.
Miguel Ángel Cristiani González.
 

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Encuestas, poder y realidad: cuando los números hablan… y también exigen
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Las encuestas no gobiernan, pero tampoco mienten solas. Dicen lo que miden y callan lo que no se les pregunta. Por eso conviene leerlas con cabeza fría, sin fanfarrias ni descalificaciones automáticas. En Veracruz, un dato que pasó casi de puntillas en el debate público merece atención seria: en su primer año de gobierno, Rocío Nahle García alcanza una aprobación ciudadana cercana al 58.8 por ciento. No es menor. Tampoco es absoluto.


Que seis de cada diez veracruzanos aprueben a su gobernadora en apenas doce meses habla de algo concreto: hay una percepción mayoritaria de trabajo y presencia. No de milagros, no de paraísos, sino de gestión visible. En un estado acostumbrado a gobiernos ausentes, distantes o encapsulados en la retórica, la cercanía se convierte en capital político. Y Nahle ha sabido explotarlo.


No es casualidad que los picos de aprobación coincidan con episodios donde el gobierno se mostró activo: atención a damnificados en el norte, coordinación en zonas petroleras del sur, intervención directa en temas sensibles como transporte público, salud y seguridad. En política, la presencia cuenta. Y en Veracruz, donde la memoria colectiva carga con agravios históricos, cuenta el doble.


Lo mismo en la zona norte que en el sur, igual acude oportunamente a brindar a apoyo a los damnificados en Álamo Pepe Arenas y Poza Rica, que se traslada hasta el sur de la entidad, donde estuvo en Coatzacoalcos con el alcalde Pedro Miguel Rosaldo para coordinar la puesta en marcha de la modernización del transporte público.


Las cifras de Demoscopia Digital de diciembre de 2025, que colocan a Nahle en el lugar 13 nacional y con tendencia ascendente, no son un aplauso gratuito. Reflejan una comparación tácita con lo que hubo antes. Y ahí está una clave incómoda para la oposición: cuando el pasado inmediato fue peor, el presente gana puntos aunque no sea brillante.


También pesan los datos duros que el gobierno presume: reducción de la deuda pública en 42 por ciento, captación de más de cuatro mil millones de dólares en inversión, programas sociales visibles como Abrigando Corazones y las ya famosas “camionetitas de la salud”. Nada de eso resuelve todo, pero sí envía señales. Y en política, las señales importan.


Ahora bien, conviene no caer en el triunfalismo de boletín. Una aprobación del 58 por ciento no es un cheque en blanco. Es un voto de confianza condicionado. Veracruz sigue arrastrando problemas estructurales: violencia focalizada, rezago educativo, precariedad hospitalaria, infraestructura insuficiente y una economía regional profundamente desigual. Las encuestas miden percepción, no soluciones definitivas.


El riesgo de todo gobierno bien evaluado en su primer año es confundir respaldo con inmunidad. La historia política mexicana está llena de ejemplos de mandatarios que empezaron arriba y terminaron erosionados por soberbia, cerrazón o incapacidad para corregir. La popularidad es volátil; la realidad, terca.


También es cierto que las encuestas se han convertido en campo de batalla. Unos las exaltan como verdad revelada; otros las descalifican como manipulación. Ni una cosa ni la otra. Una medición seria, con metodología clara, sirve como termómetro social. No como propaganda ni como condena. El problema es cuando se usan para silenciar la crítica o para negar lo evidente.


Decir que “la realidad se impone sobre las mentiras” suena bien, pero es incompleto. La realidad también se construye, se comunica y se administra. Y ahí el gobierno de Nahle ha sido eficaz: ha marcado agenda, ha ocupado el espacio público y ha respondido con hechos visibles a demandas inmediatas. Eso explica el respaldo. No lo garantiza a futuro.


El verdadero reto empieza ahora. Mantener aprobación es más difícil que obtenerla. Gobernar con números favorables exige mayor responsabilidad, no menor. La ciudadanía que hoy aprueba mañana exige. Y exige resultados sostenidos, transparencia, rendición de cuentas y, sobre todo, capacidad para corregir errores.


Las encuestas dicen que Rocío Nahle empezó bien. No dicen que ya ganó la historia. Esa se escribe con decisiones, con políticas públicas que resistan el tiempo y con un gobierno que entienda que el respaldo ciudadano no es un trofeo, sino una obligación renovada todos los días.


Porque en Veracruz, como en todo México, la política no se evalúa por simpatía, sino por impacto. Y ahí, los números apenas abren la conversación. No la cierran.

 
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