Con ese argumento, los aspirantes a gubernaturas, diputaciones federales y locales de esa circunscripción que apostaron por él deberían estar tranquilos: CDMX, Guerrero, Morelos, Puebla y Tlaxcala.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿y los demás? ¿Y Veracruz, por ejemplo?
Eso sí, Adán mantendrá fuero constitucional.
Pero fuera del discurso oficial, el análisis político apunta en otra dirección.
Más que una promoción, el movimiento luce como un relegamiento estratégico, impulsado por factores internos y externos.
En lo interno, se trata de una contención de daños para MORENA. Sacarlo de la mesa donde se reparte el pastel legislativo protege al gobierno de Claudia Sheinbaum del desgaste mediático y político, considerando los señalamientos previos contra Adán por su gestión en Tabasco y los presuntos vínculos de su exsecretario de Seguridad Pública con La Barredora.
En lo externo, aunque el tema navega en el terreno de la presunción, no puede ignorarse el contexto internacional. Las presiones del gobierno de Donald Trump en materia de combate al narcotráfico hacen políticamente conveniente reducir el “ruido” en cargos clave. En ese escenario, la llegada de Ignacio Mier, un perfil con menor exposición mediática, resulta funcional.
Lo que sí parece definitivo es que, por hoy y hasta hoy, Adán Augusto perdió espacio en el eje real del poder. Para varios analistas, pasar de la presidencia de la JUCOPO al trabajo territorial implica una reducción clara de margen de maniobra dentro del círculo donde se toman las decisiones de fondo.
En síntesis, mientras la línea oficial lo presenta como el gran operador rumbo a 2027, la crítica nacional coincide en que se trata de un ajuste de poder para enfriar su imagen tras cumplir su papel en la consolidación del llamado Plan C.
Aunque, claro…
en política no hay muertos.
Y si los hubiera, reviven cuando menos se espera.
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