Los Políticos.
Salvador Muñoz.
 

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¿Y si gana, qué van a hacer?
2026-02-17

La pregunta quedó flotando en el aire como esas frases que parecen anecdóticas, pero con el tiempo se convierten en advertencia. La lanzó la diputada Tanya Carola Viveros Cházaro a quienes impulsaban a Claudia Liliana Castillo Pimentel cuando todavía era candidata de Morena a la presidencia municipal de Ayahualulco:


—¿Y si gana, qué van a hacer?


La interrogante no era gratuita ni producto del nervio electoral. Tenía fondo. Tenía contexto. Y, sobre todo, tenía experiencia. Tanya Carola apareció entonces por dos razones claras. La primera, empoderar políticamente a una mujer candidata en un municipio donde el poder había tenido apellido, género y partido durante más de una década. Quitarle peso a los murmullos machistas no era tarea sencilla, pero tampoco imposible. El tiempo, al menos en las urnas, le dio la razón.


La segunda, era menos épica y más humana: la candidata dudaba. El peso de los Morales, su estructura y su historia, parecían demasiado. Había temor real de ser avasallada. La diputada le dio algo más que respaldo político: le dio oxígeno.


Pero fue al escuchar, observar y leer entre líneas à la candidata cuando soltó la pregunta incómoda. No era “si gana Morena”, ni “si pierde el PRI”. Era algo más elemental y más peligroso:


—¿Y si gana, qué van a hacer?


Hoy, a menos de dos meses de haber derribado doce años de hegemonía familiar y priista en Ayahualulco, la pregunta cobra otro sentido. Porque dentro del Palacio Municipal empieza a percibirse algo inquietante: el poder formal está en la alcaldesa, pero el poder real parece haberse mudado de oficina.


En los pasillos ya no se habla de decisiones colegiadas, sino de instrucciones. No de consensos, sino de órdenes. El nombre que más se repite no es el de la presidenta municipal, sino el del secretario del Ayuntamiento, Jorge de la Puente Ruiz, quien en tiempo récord ha logrado algo impensable: que algunos ya empiecen a decir que “con los Morales no se estaba tan mal”.


Y eso, políticamente, ya es decir mucho.


El Palacio Municipal, cuentan, pasó de ser sede de gobierno a recinto de prepotencia y altanería. Tonos elevados, puertas cerradas, decisiones verticales. El poder, cuando se ejerce sin prudencia, no tarda en notarse… y en desgastar.


No todo es malo, dirían algunos con ironía involuntaria. La política veracruzana tiene antecedentes donde las relaciones personales terminan influyendo más que los planes de gobierno. Ayahualulco no fue la excepción. Alcaldesa y secretario, ambos solteros; él, divorciado. La historia ya se ha contado antes, con otros nombres y otros sexenios.


El detalle –y aquí vienen las pinzas– es que mientras el romance político avanza, en los juzgados también se mueven papeles. No por delitos, no por escándalos penales, sino por algo mucho más común y, paradójicamente, más sensible: la vía legal para garantizar el cumplimiento de una pensión alimenticia a favor de dos menores.


Se trata de un procedimiento judicial ordinario, donde la ex esposa acudió a los tribunales para que el ingreso que percibe Jorge de la Puente Ruiz sea considerado formalmente y, de ser el caso, se realice el descuento correspondiente. Nada fuera de la ley. Todo dentro del cauce institucional. Pero tratándose de un funcionario público, incluso los trámites privados adquieren dimensión política.


No es chisme. Es contexto.


Porque en la vida pública, los expedientes –aunque sean administrativos o familiares– no solo se leen en juzgados: también se interpretan en el espacio político. Y no por morbo, sino porque quien ejerce poder debe entender que su vida personal, cuando toca asuntos legales, deja de ser completamente privada.


Los datos que circulan –edad, estado civil, antecedentes laborales, relaciones políticas, preferencias sexuales– no son secretos de Estado. Están en currículums, registros, trayectorias públicas y conversaciones de café que, cuando coinciden demasiado, dejan de ser simples chismes para convertirse en ruido político.


A eso se suma otro malestar interno que empieza a crecer: el nepotismo. Don Edgar, el papá de Liliana, acomodado en Control Vehicular del Ayuntamiento; y el síndico José Donato Luna, poniendo de “Chofer” a su hijo, Carlos… aunque dicen que realmente nomás lo ven los 15-30. Prácticas viejas, con discursos nuevos. El cambio prometido, pero con los mismos vicios de siempre.


La pregunta original vuelve entonces al centro del escenario.


¿Y si gana, qué van a hacer?


Porque ganar una elección no es lo mismo que gobernar. Porque desplazar a una hegemonía no garantiza construir algo mejor. Y porque, a veces, el verdadero problema no es quién se fue, sino quién se quedó… y quién manda.


La respuesta, paradójicamente, no parece estar en Ayahualulco. La tiene un converso político con pasado priista, afinidad por los diputados y cercanía con quienes mueven las piezas rumbo a 2027 y 2030. Si las cosas siguen como hasta ahora, quizá no sea Jorge de la Puente Ruiz quien termine respondiendo aquella pregunta incómoda, sino Paul Martínez Marie.


Pero ésa será historia para otra columna.

 
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