Ayer me tocó ir al cadalso… perdón, a la barbería (así se le llama ahora elegantemente a las peluquerías, que antes se llamaban ¡barberías!). Entrado en gastos, el que será responsable por lo menos unas semanas de mi aspecto superior se refirió a la raya que uso en mi peinado como “vereda”, y recordé que hace mucho
mucho tiempo, cuando México aún era un país más o menos completo -digamos que en el último año de Peña Nieto como Presidente- acudí a una estética en Chetumal, la capital de Quintana Roo, y ahí me enfrenté a un enigma peor tal vez que el que le propuso a Edipo la esfinge de Tebas.
El estilista estaba haciendo sus prodigios con las tijeras cuando me soltó sin red protectora una imprevista pregunta: “¿La vereda es natural?”
Yo pensé que se trataba de que debía resolver al acertijo o sería aventado con sus alas como hacia el mitológico animal con los pobres griegos que contestaban mal. Lo primero que se me ocurrió fue decirle: “No, la vereda no es natural, la vereda es tropical”, recordando el inmortal bolero de Gonzalo Curiel. Pero él me explicó que lo que me preguntaba es si yo me hacía la raya separando los cabellos con un peine (la vereda natural) o si quería que me la marcara de forma permanente con la máquina.
Bueno, pues ayer por fin pude finiquitar mi visita al corte de pelo, y dejaré para uno o dos meses la próxima sentencia…
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