“Tengo miedo, mucho miedo de que mi hija vaya mañana a la escuela y llegue una célula del crimen a atacar porque sí, porque les mataron a su jefe y esos asesinos creen que alguien tiene que pagar, que inocentes tienen que sufrir por la muerte de ese gran culpable de tantos males”, se quejó ella.
Él pensó que debía consolarla, tranquilizarla, calmarla… pero en su interior bullía la rabia, rezumaba el temor, la desazón ante el peligro inminente e invisible, porque no puedes adivinar nunca de dónde saldrá una camioneta llena de criminales que
buscan venganza porque el Gobierno se atrevió a matar a su líder, ése que había sido intocable, invencible, inmortal.
Y a ambos les dio miedo pensar que todo el país estaba en llamas, atacado por las cuatro letras, amenazado en sus hijos y sus abuelos, en sus mujeres indefensas. Y junto al miedo sintieron el pavor de la certeza: la violencia había ganado la batalla y se enseñoreaba de plazas y calles, de carreteras y aeropuertos.
Y no obstante, lo peor de todo era empezar a sentir que tanto crimen era algo normal, aunque nunca natural; que algunos podrían sobrevivir entre las balaceras y las desapariciones.
Pareciera que es de la naturaleza humana acostumbrarse a las peores condiciones de la bestialidad… ¡No! ¡Jamás normalicemos en nuestra mente y el corazón que las cosas tienen que seguir así de mal!
Por eso es mejor el miedo, aunque acabe con nuestra paz interna y externa, porque por más grande que sea, no podrá quitarnos nunca nuestra humanidad.
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