El trato continuado de las mañaneras es la repetición de las frases más rimbombantes del Manual de AMLO, el librito mitológico que condensa la filosofía de banqueta del patriarca tabasqueño; una filosofía económica en ideas y en significados.
Pasado un año y cinco meses de estar al frente de las instituciones nacionales, la Presidenta de la República se ha dedicado a gobernar desde esa tribuna permitida sólo para un público comprado y complaciente -como lo hizo su antecesor-, un grupo de marionetas que actúan malamente su papel de periodistas.
Ante la falta de cuestionamientos serios y reales, Claudia ha terminado por crearse a sí misma un propio enemigo, y termina contestando de mala manera las preguntas que no se le hacen.
La repetición exasperante de las mismas frases y expresiones del manualito de Andrés Manuel ha terminado por aburrir a la cada vez más escasa concurrencia nacional, y hace exclamar bostezos a los invitados al festín de las mentiras de la Cuarta Transformación.
La retahíla de la Presidenta se circunscribe a decir hasta la ignominia que “no robamos, no mentimos y no traicionamos al pueblo”. Y sume usted otras perlas del ingenio macuspano: “Pero Calderón robó más”, “Nosotros somos los únicos honestos”, “los comentócratas”, “los carroñeros”, “¿Por qué no critican a García Luna?”
Muy temprano de lunes a viernes, el decreciente auditorio de la mañanera del pueblo ve entrar a la Presidenta con su paso cansino y dirigirse al podio como quien va al cadalso. Saluda con una falta de entusiasmo que parece emanada de una tragedia. Empieza a hablar y empieza a mentir su alegría de sonrisa emitida a fuerzas, a ensayar su énfasis artificial que no logra convencer, a repetir su voz tan cansada por los lugares comunes.
Y lo peor de todo es que solamente resulta una persona aburrida, que aburre; una aspirante a lideresa que solamente puede ofrecer el tedio de su voz sin aristas, desolada.
Y así no se puede conducir un país tan bullicioso como el nuestro.
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