La historia es brutal por lo sencilla: una promesa de trabajo a cambio de 400 mil pesos. La víctima logró entregar 200 mil. Sin recibos. Sin pruebas. Sin celular en mano, porque –según relata– antes de entrar a verlo, se los quitaban. Una escena más cercana a la clandestinidad que a la gestión sindical.
Pasaron los meses. Luego los años. Promesas de interinatos, de plazas en otros lugares… humo. Cuando la maestra pidió su dinero de vuelta –porque la vida, ésa que no entiende de sindicatos, le cobró dos cirugías de urgencia– la respuesta fue una negativa y una amenaza: que no le moviera…
Y entonces, la pregunta incómoda:
¿Ése es el liderazgo que encabeza una toma de varios días en nombre de los trabajadores?
Porque mientras se exige justicia laboral, se acumulan señalamientos que apuntan exactamente a lo contrario: a un esquema donde la necesidad del docente se convierte en negocio.
La toma de la SEV, vista desde lejos, parece lucha. Vista de cerca, empieza a parecer otra cosa. Una cortina. Un escudo. Un distractor.
Mientras afuera se grita “derechos laborales”, adentro se acumulan historias de maestros que no consiguieron plaza… pero sí perdieron dinero. Y tienen miedo. Porque lo más fuerte no es la denuncia. Es el tono de quien la hace: una maestra que ya acudió a la Fiscalía, que da la cara… pero que pide protección. No contra el sistema. Contra el sindicato.
En Veracruz, donde el discurso oficial repite que “es tiempo de mujeres”, una docente dice que tiene miedo porque quien encabeza una protesta pública tiene todos sus datos. Que puede haber represalias. Y entonces, la toma de la SEV deja de ser sólo un conflicto laboral. Se convierte en un espejo.
Uno, donde el sindicalismo muestra su peor reflejo: cuando deja de ser defensa colectiva y se vuelve estructura de poder… con caja registradora.
Porque al final, la pregunta ya no es cuánto durará la toma. La pregunta es: ¿qué más va a salir del líder sindical cuando se levante? |