Por ejemplo, cuando hay impunidad para unos, pero rigor para otros… eso también es un privilegio.
Cuando las leyes se aplican de forma selectiva… es un privilegio.
El punto clave es este: el privilegio no está en tener, sino en tener sin las mismas reglas que los demás.
Ahora bien, en el discurso político de los últimos años, se ha colocado el combate a los privilegios como una bandera central. Y en teoría, eso suena correcto. ¿Quién podría estar a favor de ventajas injustas?
Sin embargo, el verdadero reto no está en el discurso… sino en la coherencia. Porque combatir privilegios implica algo más profundo: implica que las reglas sean iguales para todos, que no existan excepciones disfrazadas, y sobre todo, que quienes están en el poder no reproduzcan los mismos beneficios que critican.
De lo contrario, el término “privilegios” deja de ser un concepto ético y se convierte en una herramienta política: útil para señalar al adversario, pero no necesariamente para transformar la realidad de una sociedad.
Más allá de los discursos, habría que hacerse preguntas muy concretas: ¿Se están eliminando realmente las ventajas indebidas? ¿O simplemente están cambiando de manos? ¿Se está construyendo un sistema más justo… o solo es un nuevo grupo con acceso al poder?
Porque al final del día, un país más equitativo no se construye con palabras, sino con reglas claras, instituciones fuertes y una exigencia ciudadana constante. Ese es el verdadero combate a los privilegios. Lo otro es sólo un concepto frívolo, una expresión que unos dicen y otros aplauden, pero no lo entienden. Porka Miseria.
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