Las palabras de elogio de la mandataria hacia Veracruz no pueden entenderse únicamente como un gesto protocolario. Son, en realidad, el reconocimiento a una entidad que ha acompañado electoralmente el proyecto transformador desde 2018 y que hoy se mantiene como una de las principales reservas políticas del movimiento. La concentración de miles de veracruzanos en la Macroplaza, en una jornada que refrendó la capacidad de movilización territorial de Morena, confirma que el estado continúa siendo un laboratorio político de enorme relevancia para las decisiones nacionales.
Y es ahí donde emerge con fuerza la figura de la gobernadora Rocío Nahle García. La presencia de Veracruz en el centro del discurso presidencial fortalece inevitablemente su posición política. A menos de dos años del triunfo electoral que la llevó a la gubernatura, Nahle ha comenzado a construir un perfil que trasciende las fronteras estatales. La reducción de pasivos históricos, el saneamiento financiero municipal, la modernización del parque vehicular gubernamental, los programas de salud itinerante, las ambulancias regionales, la atracción de inversiones mediante proyectos como Puerta Este MX y una intensa agenda territorial la colocan entre las figuras con mayor proyección dentro del movimiento gobernante.
Por ello no resulta exagerado afirmar que la mandataria veracruzana empieza a aparecer en las conversaciones nacionales sobre los futuros liderazgos del país. El denominado carrusel sucesorio suele comenzar mucho antes de lo que muchos imaginan, y Nahle ha entendido que la mejor forma de entrar a esa conversación es gobernando, recorriendo el territorio y entregando resultados.
Del lado federal, Sheinbaum también llega a este segundo aniversario con logros que explican buena parte de su respaldo popular. La consolidación de programas sociales, el fortalecimiento de proyectos estratégicos del Estado, los avances en infraestructura, la continuidad de la política de bienestar y una narrativa de soberanía nacional han permitido mantener una importante base de apoyo ciudadano pese a los embates políticos y mediáticos que enfrenta su administración.
Por eso Veracruz no fue solamente una sede alterna. Fue un mensaje político. Un reconocimiento al peso electoral de la entidad, a la fortaleza organizativa de Morena y, sobre todo, a una gobernadora que comienza a adquirir dimensiones nacionales. Cuando una presidenta mira hacia Veracruz para hablarle al país, difícilmente se trata de una casualidad. En política, los escenarios también votan. Y esta vez, Veracruz apareció nuevamente en primera fila.
Por supuesto, no faltaron las voces de la vieja oposición, hoy reducida a una suerte de pseudo oposición permanente, que desde la comodidad de las redes sociales y algunos espacios mediáticos recurrieron al ya conocido discurso del "acarreo" para intentar descalificar la concentración ciudadana en Veracruz.
Resulta curioso observar cómo quienes durante décadas perfeccionaron los mecanismos corporativos de movilización electoral, construyeron estructuras clientelares y convirtieron el uso de recursos públicos en una maquinaria de control político, hoy se escandalizan por prácticas que ellos mismos institucionalizaron.
La diferencia radica en que el movimiento que tanto critican logró superar ampliamente aquellos viejos esquemas de cooptación y construir una base social que sigue respondiendo en las urnas y en las plazas públicas. Esa realidad parece ser la que menos perdonan. De ahí el permanente gesto adusto, el discurso agrio y ese extraño retorcijón político que los mantiene en una especie de infinita laxidad estomacal, incapaces de comprender que la ciudadanía decidió hace tiempo cambiar de página y escribir una nueva historia política en el país.
Al tiempo.
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