Y ahí están los hechos.
Las recientes bajas y reacomodos en regiones estratégicas como Coatzacoalcos, Minatitlán, Córdoba, Zongolica, Poza Rica y Coatepec no son producto de casualidades administrativas. Son el desmontaje de una red política que durante años operó bajo el disfraz de “servidores de la nación”, pero que en muchos casos terminó sirviendo más al proyecto personal del senador que a los ciudadanos.
El caso de María de los Ángeles Prieto, conocida como “Doña Gela”, es quizá el ejemplo más grotesco de cómo el Bienestar fue utilizado como patrimonio familiar y político. La exdirectora regional de Minatitlán convirtió la dependencia en agencia de colocación de familiares, protegida por una cercanía casi mística con Manuel Huerta, a quien —según múltiples versiones internas— pretendía “blindar” hasta con rituales esotéricos y brujerías.
Pero lo verdaderamente grave no es el folclor político. Lo delicado son las acusaciones de operación electoral en favor de Movimiento Ciudadano, utilizando estructuras gubernamentales financiadas con recursos públicos. Porque si los testimonios de servidores de la nación y actores políticos locales resultan ciertos, entonces estaríamos frente a un uso faccioso del aparato federal para debilitar a Morena desde dentro.
El episodio de Zongolica retrata perfectamente el tamaño del problema. Ahí, Venus Valeria Corona Hernández, identificada como una de las operadoras cercanas a Huerta, fue señalada por presuntos vínculos con grupos constructores y por operar políticamente a favor de candidatos ajenos a Morena. Incluso la excandidata morenista Lidia Mezhua denunció públicamente la intervención de funcionarios del Bienestar respaldando a Movimiento Ciudadano.
Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿qué papel juega realmente Manuel Huerta dentro de la Delegación del Bienestar?
Porque sus constantes ataques mediáticos contra Gómez Cazarín parecen menos una postura ideológica y más una reacción desesperada ante el desmantelamiento de una estructura que durante años le permitió controlar operadores, recursos, territorios y lealtades.
El senador soñó durante demasiado tiempo que Veracruz era suyo. Pactó con todos, operó con quien fuera necesario y confundió la estructura social del gobierno federal con una franquicia personal. Pero hoy, al cortarle los tentáculos a ese pulpo político, comienza a exhibirse una realidad incómoda: sin operadores incrustados, sin control territorial y sin la maquinaria del Bienestar a su servicio, las aspiraciones sucesorias de Manuel Huerta parecen desinflarse aceleradamente.
En Morena ya muchos entendieron que una cosa es construir movimiento y otra muy distinta secuestrarlo para beneficio personal. Y esa factura política, tarde o temprano, termina llegando.
Al tiempo.
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