Mientras la dirigencia invita a nuevos ciudadanos a ingresar al partido, quienes todavía conservan peso político, experiencia electoral y reconocimiento público continúan abandonándolo. Es como inaugurar una campaña para llenar un barco al mismo tiempo que los oficiales y la tripulación corren hacia los botes salvavidas.
La salida de Américo no puede analizarse como un hecho aislado. Forma parte de una cadena de renuncias que desde hace meses viene desmantelando lo que alguna vez fue la estructura política más poderosa de Veracruz. La pregunta ya no es quién se fue. La pregunta es quién queda.
Durante décadas el PRI fue mucho más que un partido político. Fue una maquinaria electoral, una escuela de cuadros, una red de poder territorial y una organización capaz de construir acuerdos, formar gobiernos y administrar conflictos. Se puede cuestionar buena parte de su historia, y con razón, pero nadie puede negar que poseía una estructura sólida y una capacidad operativa que hoy parece un recuerdo lejano.
Lo paradójico es que la crisis actual no se explica únicamente por las derrotas electorales. Todos los partidos pierden elecciones. Lo verdaderamente letal es la pérdida de identidad política.
Cuando Américo afirma que el partido tomó un rumbo con el que ya no se identifica, en realidad está verbalizando una sensación que muchos militantes han expresado en privado durante años. Existe la percepción de que el PRI dejó de ser una organización con proyecto propio para convertirse en una estructura administrada desde la supervivencia burocrática.
Y la diferencia es enorme.
Un partido puede perder una elección y reconstruirse. Puede atravesar una mala racha y reinventarse. Lo que difícilmente puede superar es la pérdida de sentido. Cuando los propios militantes ya no encuentran razones para permanecer, las campañas de afiliación terminan pareciendo ejercicios de optimismo administrativo más que estrategias políticas serias.
La situación resulta todavía más preocupante porque Veracruz fue durante décadas uno de los principales bastiones priistas del país. Desde aquí se construyeron liderazgos nacionales, gobernadores, legisladores y operadores políticos que influyeron en la vida pública mexicana. Hoy, en cambio, el partido parece reducido a administrar nostalgias y recordar glorias pasadas.
Mientras tanto, sus adversarios observan cómodamente cómo la erosión continúa haciendo el trabajo.
La renuncia de Américo también deja una lección para todo el sistema político mexicano. Ninguna organización es eterna. Ningún partido tiene asegurada la permanencia. Las instituciones políticas sobreviven cuando son capaces de renovarse, abrir espacios a nuevas generaciones, corregir errores y mantener una identidad reconocible. Cuando eso desaparece, comienza un proceso lento pero inexorable de descomposición.
Por eso la pregunta que circula en los cafés políticos de Veracruz no es una simple curiosidad periodística. Es un síntoma de una crisis más profunda.
¿Quién sigue?
Porque a estas alturas ya no parece una cadena de renuncias aisladas. Parece una estampida cuidadosamente escalonada.
Cuando los dirigentes celebran afiliaciones mientras sus figuras históricas abandonan el partido, ya no están construyendo futuro: están organizando el inventario de una liquidación política.
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