Viernes Contemporáneo.
Armando Ortiz Ramírez.
 

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Javier Duarte, el príncipe imbécil
2016-12-05

Javier Duarte está a un paso del cadalso. Una vez que se han conocido sus crímenes sería un grave error para el gobierno federal dejar sin castigo a ese tipo enfermo al que no le importó el daño que estaba causando a millones de veracruzanos.


Si a todos los crímenes que cometió, se le pudiera sumar el daño causado, Javier Duarte no debería volver a ver la luz. Estamos hablando de gente obligada a la pobreza, a la miseria; estamos hablando de personas condenadas al hambre, al dolor, al sufrimiento. Y es que mucho del dinero que Duarte derrochó a la hora que se estaba robando el patrimonio de los veracruzanos, pudo servir para aliviar tanto dolor, sufrimiento y hambre.


Un gobierno tiene la obligación de crear, con los recursos que se reparten de los impuestos de todos los mexicanos, las oportunidades que brinden una mejor vida para los ciudadanos. Estamos hablando de seguridad, salud, educación, trabajo y recreación, entre otros. Un mal gobierno que no se ocupa de crear mecanismos de seguridad, empresas, escuelas, hospitales orilla a sus ciudadanos a que ellos mismos busquen esas oportunidades de vida en los ámbitos informales, o incluso delincuenciales.


¿Podríamos algún día enumerar la cantidad de jóvenes que murieron abatidos como delincuentes pudiendo no haberlo sido de tener mejores oportunidades de estudio y trabajo? ¿Podríamos algún día suponer el umbral de dolor de un niño con cáncer al que lo estaban engañando con medicinas que no le aliviaban la enfermedad, que sólo ulceraban su estómago? ¿Podríamos, con un poco de empatía, sentir el hambre de un hombre o mujer que no han tenido una comida completa en meses? ¿Podríamos, con la misma empatía, sentir la angustia de un padre al que su hijo le pide pan y él sólo tiene piedras?


Miles y miles de personas vivieron esta situación mientras el príncipe imbécil tomaba del presupuesto lo que quería para gastar en joyas, ranchos, terrenos, caballos, obras de arte, vinos, manjares, viajes, lujos que nunca soñó tener. Javier Duarte estaba enfermo de codicia, su esposa estaba enferma de lo mismo. Tal era su enfermedad que nunca se acordaron de para qué estaban donde estaban. Lo suyo era cumular, acumular lo más posible como si el mundo se fuera a acabar. Lo suyo fue creer que todos le debían tributo, simplemente por ser el gobernador. No hacía caso de las advertencias, nunca calculó el peligro. Contemplaba a su antecesor en el consulado de la impunidad, haya en Barcelona y soñaba que él también podría ocupar un puesto semejante, donde pudiera seguir robando.


En su imbecilidad Javier Duarte no calculó lo que le habría de suceder. Seguía en su mundo irreal, confiado en la complicidad del presidente de la República. Se comía un filete y con el bocado en la boca se ufanaba: “El único amigo del presidente en Veracruz soy yo”; “el me dejará poner al candidato a la gubernatura”.


¿Cómo se le puede llamar a una persona que conociendo la magnitud de su crimen, salga a las plazas públicas a pregonar su inocencia? Ya tenía Duarte miles de millones de pesos robados, ya tenía ranchos y casas; edificios y terrenos; aviones y joyas, ya tenía enterrados a miles, tenía las manos cubiertas de la sangre y el dolor de los veracruzanos y todavía salía a decir que era inocente y pobre, honrado e íntegro. ¿Cómo se le puede llamar a una persona así? Cínico no puede abarcar todo lo que Duarte significa, tampoco desvergonzado, ni siquiera loco criminal. Yo podría apostar por imbécil.


Imbécil es una palabra que significa “sin báculo”, sin bastón de autoridad, sin algo en que apoyarse. Pero su acepción más aceptada es el de una persona con cierta debilidad mental, un inválido, incapaz de valerse por sí mismo. Eso es Javier Duarte, un muchacho obeso, lleno de complejos y traumas que nunca se sintió completo y valorado. Un engendro que requería de riquezas mal habidas para sentirse completo.


Ese príncipe imbécil está a punto de obtener su galardón: Una celda de la que nunca debería salir.


Postdata 1: Fidel Herrera, el origen del mal


Si bien muchos se quedaron esperando la noticia que habría de cimbrar al país, a otros basta que Miguel Ángel Yunes Linares, ya como gobernador, haya anunciado que habría de buscar que Fidel Herrera, el origen del mal, vaya a la cárcel. Es lo justo. Fidel no fue investigado porque puso a su monigote como gobernador para que le cubriera las espaldas. Fidel Herrera sigue pensando que cometió el crimen perfecto, pues gracias a la imbecilidad de su pupilo, logró desviar la atención a su persona. ¿No queremos imaginar que hubiera pasado de no ganar Yunes Linares la gubernatura de Veracruz? Seguro tendríamos a Fidel Herrera en el café Parroquia de Veracruz, hablando de las bondades de estos dos sexenios, impulsando la candidatura de su hijo o hasta buscando que la constitución local se cambie para él poder ser nuevamente gobernador. Preferible que la noticia que dio Yunes cimbre a Fidel y no al país entero.


 


 


 


Armando Ortiz                                               aortiz52@hotmail.com


 

 
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