POR ESO HOY, CUANDO DESDE LA 4T se insiste en que “se acabó la impunidad”, la afirmación no resiste el contraste con la realidad.
Sí, hay avances; hay que decirlo. Ahí están los casos de exgobernadores como Silvano Aureoles, Francisco García Cabeza de Vaca o los procesos contra Javier y César Duarte. Incluso, decisiones judiciales recientes —como órdenes de aprehensión por delitos graves— mandan señales de que no todo está podrido.
PERO ESO NO SIGNIFICA, ni de lejos, que la impunidad haya desaparecido. Porque mientras unos caen, otros siguen intocables. Casos como SEGALMEX, señalamientos por desvíos o presuntos vínculos criminales siguen sin resolverse. Y la lista crece.
LA REALIDAD ES CRUDA. Desde el 2000, México vive una especie de “cacería selectiva” de exgobernadores. Muchos han sido procesados. La mayoría, priistas o panistas.
PERO EN EL PRESENTE el dato pesa: no hay “peces gordos” del actual grupo en el poder enfrentando la justicia. Solo “charales”.
AHÍ ES DONDE ENTRA EL FACTOR CLAVE: Claudia Sheinbaum. En sus manos está romper —o confirmar— esa narrativa. Porque si la justicia no es pareja, no es justicia. Y si decide ir a fondo, sin distinciones, podría convertir la lucha contra la impunidad en su mayor activo político rumbo a 2030.
LA MONEDA ESTÁ EN EL AIRE, y también en sus manos.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |