En la mesa recordaban cómo las ocurrencias se vuelven tradiciones a fuerza de caprichos. Ahí está la Cumbre Tajín, que nació como un sello cultural de la señora de Miguel Alemán y donde a los funcionarios les encasquetaban los boletos sí o sí. Lo mismo pasaba con los abonos del Tiburón, los juegos de los Halcones y hasta las rifas de cuadros. O qué decir de las charadas de Fidel Herrera, con aquello de que los funcionarios no tendrían vacaciones, los gobiernos de “puertas abiertas” o la salida a las 6 de la tarde, en que solo apagaban las luces para irse a despachar a oficinas rentadas.
Así, entre lecheros y banderillas dulces, los sabios concluían que hoy muchos alcaldes tienen más aplaudidores que obras. Lo que sí ha quedado claro en estos 100 días es quién tiene ganas de atender a la gente, quién de plano no conoce su municipio, quién ya saltó de partido y quién anda de la mano —o a las patadas— con el Gobierno del Estado.
¿Usted qué opina? ¿Los 100 días alcanzan para algo o es otra de esas graciosas invenciones imposibles de quitar?
Lecheros bien calientes para los que entienden que 100 días no dan ni para diseñar un proyecto, menos los proyectos ejecutivos y sus respectivas autorizaciones de dependencias normativas, y canillazos duros para los que no ven que en muchos municipios ni siquiera han podido aprobar su Plan Municipal de Desarrollo. Ya basta de cuentos chinos. |