Bitácora Veracruz.
Miguel Ángel Cristiani González.
 

Otras entradas
2026-01-19 / Encuestas, poder y realidad: cuando los números hablan… y también exigen
2026-01-15 / Entre colibríes y realidades: cuando el entusiasmo no basta
2026-01-12 / Cuando el petróleo se regala y la geopolítica cobra factura
2026-01-09 / El impuesto que paga el huésped… ¿y decide el poder?
2026-01-08 / El impuesto al hospedaje: cuando el turismo sirve… pero para financiar la gran vida
2026-01-07 / La Ley Agraria: del símbolo de justicia social… al olvido institucional
2026-01-05 / Coatzacoalcos: cuando el rescate urbano empieza por la memoria
2026-01-04 / Coatzacoalcos: cuando el rescate urbano empieza por la memoria
2026-01-02 / La boya que encalló en Coatzacoalcos… y lo que realmente nos está diciendo
2026-01-01 / Erradicar la pobreza: la promesa que obliga a gobernar distinto
 
La foto, la memoria y el poder: cuando la imagen no borra los hechos
2026-01-20

Dicen los manuales de propaganda que una buena imagen puede reescribir una biografía. Y a veces lo logra… hasta que la memoria colectiva decide no cooperar. La fotografía difundida por Comunicación Social del municipio de Boca del Río, donde aparece la presidenta municipal María Josefina Gamboa Torales —Mari José Gamboa— enfundada en una sudadera con el logotipo de la policía, flanqueada por un guardia y el inspector municipal, es un ejemplo perfecto de ese intento.


La imagen busca proyectar autoridad, cercanía con la corporación, control del territorio. Orden. Pero como bien reza el lugar común —ese que a veces sí es cierto—, una imagen vale más que mil palabras… sobre todo cuando despierta recuerdos que nadie ha logrado borrar.


Al verla circular en redes sociales, más de uno no pensó en seguridad pública, sino en aquella madrugada de julio de 2014 en el bulevar de Boca del Río. No por morbo, sino por memoria. Fue entonces cuando María Josefina Gamboa atropelló y causó la muerte de una persona mientras conducía en estado de ebriedad. El hecho no es rumor ni grilla: es un antecedente judicial documentado. En 2016 fue declarada culpable de homicidio culposo y condenada a 15 meses de prisión, pena que le fue conmutada conforme a la ley.


La vida, ciertamente, da vueltas. Hoy, enero de 2026, la misma persona ocupa la presidencia municipal de Boca del Río. El dato no es menor ni anecdótico: habla de la capacidad del sistema político mexicano para reciclar perfiles y de la corta memoria institucional cuando el cálculo electoral conviene.



No se discute aquí su derecho legal a participar en la vida pública. La ley se cumplió en su momento. El punto es otro: el ético y el simbólico. Gobernar, sobre todo en un municipio de alto perfil mediático, no solo exige legalidad, sino autoridad moral. Y esa no se construye con sudaderas ni sesiones fotográficas.


La trayectoria política de Gamboa es extensa: diputada local en dos legislaturas, diputada federal, funcionaria municipal, comunicadora de larga data. Nadie puede decir que llegó por accidente. Pero tampoco se puede exigir al ciudadano que haga borrón y cuenta nueva cuando los episodios del pasado han sido tan reiteradamente polémicos.


En 2019, su nombre volvió a ocupar titulares por su participación en la comisión legislativa que debía decidir sobre el juicio político contra Jorge Winckler, el exfiscal Yunista que había sido su abogado defensor. El conflicto de interés fue evidente, aunque políticamente administrado. Ese mismo año se viralizaron videos donde se le observa agrediendo a un abogado y a personal de seguridad del Congreso, con señalamientos explícitos de consumo de alcohol. El mote de “Lady diputada” no surgió de la nada.


Nada de esto es linchamiento. Es contexto. Y el contexto importa cuando se ejerce poder público. Más aún cuando se pretende encabezar —simbólicamente— a una policía municipal, institución que debería representar legalidad, disciplina y respeto a la ley.


La pregunta de fondo no es si Mari José Gamboa puede gobernar. La ley ya respondió eso. La pregunta es si entiende el peso de su historia personal en el ejercicio del cargo y si su gobierno será capaz de actuar con prudencia, mesura y responsabilidad institucional. Boca del Río no necesita espectáculos ni poses; necesita seguridad real, servidores públicos sobrios y autoridad creíble.


Las imágenes oficiales no deben provocar inquietud ni ironía, sino confianza. Cuando ocurre lo contrario, algo falla en el mensaje… o en el mensajero. O en ambos.


Ojalá la experiencia —toda, la buena y la mala— haya servido para madurar el ejercicio del poder. Porque Boca del Río no está para revivir apodos ni episodios vergonzosos. Está para exigir resultados y conducta pública intachable.


La ciudadanía observa. Y la memoria, aunque a algunos les incomode, sigue teniendo muy buena vista.

 
Regresar a la Página Principal
Aviso de Privacidad
 
Comentarios
 
En Política al Día nos interesa tu comentario, es por eso que creamos este espacio para tí. Aquellos mensajes que contengan un contenido vulgar, difamatorio u ofensivo, serán eliminados por el administrador del sitio. Leer normas y políticas