El problema no es que aspire —eso es legítimo en democracia— sino la ruta elegida para intentar posicionarse. En lugar de recorrer el distrito, construir acuerdos o presentar propuestas, ha optado por el ataque frontal y sistemático contra el Gobierno del Estado y contra figuras del ámbito federal. La crítica política es necesaria; el golpeteo permanente, no.
En las últimas semanas, sus señalamientos han escalado de manera evidente, empleando para ello páginas informativas. La embestida ya no solo alcanza a secretarios y subsecretarios, sino que se dirige directamente contra la gobernadora de Veracruz, Rocío Nahle García, a quien ha calificado con adjetivos que buscan más el impacto mediático que el debate de fondo. El tono, más que firme, ha sido estridente; más que analítico, personal.
Y ahí está el punto central: cuando la crítica abandona el terreno de las ideas para instalarse en la descalificación, pierde fuerza moral. La gobernadora puede ser cuestionada —como cualquier figura pública—, pero hacerlo desde la estridencia permanente revela más sobre quien acusa que sobre quien gobierna.
El fenómeno adquiere mayor dimensión cuando los ataques se extienden incluso hacia la titular del Ejecutivo federal, cruzando una línea que transforma la oposición legítima en confrontación sistemática. No es fiscalización; es campaña anticipada. No es debate; es posicionamiento a cualquier costo.
En el fondo, muchos en Alvarado coinciden en una lectura incómoda para la exalcaldesa: la imposibilidad de seguir influyendo tras bambalinas en la administración municipal. La política local cambió de manos y el nuevo gobierno ha marcado su propio ritmo, construyendo equipo y definiendo prioridades sin tutela. Cuando el poder ya no se ejerce, algunos optan por incendiar el entorno.
También hay un cálculo político evidente. En el municipio, su desgaste es conocido; en el resto del distrito, su figura aún no está del todo expuesta. De ahí la urgencia por reposicionarse mediante la confrontación, intentando polarizar para convertirse en referente opositor. Es una apuesta de alto riesgo: la narrativa del agravio suele movilizar a un núcleo duro, pero difícilmente amplía mayorías.
La pregunta de fondo es si esa estrategia le alcanzará. Porque la ciudadanía, más allá de simpatías partidistas, empieza a mostrar fatiga frente a la política del insulto. Veracruz enfrenta desafíos reales: desarrollo económico, seguridad, infraestructura, servicios. El debate público debería girar en torno a esos temas, no en torno a descalificaciones personales.
La gobernadora y su equipo sabrán responder —o no— en el terreno institucional. Pero lo que hoy queda claro es que la embestida tiene un origen político concreto: la disputa por el futuro inmediato y la intención de no quedar fuera del tablero.
En democracia, la crítica es saludable. La denostación sistemática, en cambio, suele ser el síntoma de un poder que se fue y no termina de aceptarse.
Al tiempo.
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