Vale la pena detenerse en la homilía de don Jorge Carlos que, por razón de su oportunidad, esta vez se refiere casi exclusivamente asuntos de la fe cristiana.
Monseñor se detiene a pedir que la Semana mayor no sea vista solamente como una tradición, sino “como un tiempo de gracia profunda, y renovación personal y comunitaria”.
Indaga sobre el significado de la pasión, que “conduce a la glorificación y la victoria de la resurrección” y recomienda a los integrantes de su rebaño que aprendan a escuchar a Dios en silencio como la mejor manera de “mantener la fe encendida”., de lo que da cabal ejemplo la virgen María.
El arzobispo xalapeño reedita su mensaje a la comunidad creyente, aunque no olvida la realidad que vivimos. Monseñor sabe que es pastor de almas, pero nunca hace de lado que su misión igualmente tiene que ver con las condiciones sociales en las que vive y muchas veces tiene que sobrevivir su grey.
Encauzador de espíritus hacia la fe, no deja de lado su papel como director de conciencias, como un soldado de Jesús que milita en el mundo real hacia el mundo ideal y por eso su discurso nunca de contener el ingrediente indispensable de la justicia y la igualdad de todos los humanos.
Su arenga final en el mensaje por la Semana Mayor contiene una verdad indisoluble y llama a una conducta inevitable para todos los creyentes:
“La vivencia de la Semana Santa y la Pascua nos hará crecer en la capacidad de perdonar, de servir, de acompañar al que sufre y de anunciar esperanza en medio de las dificultades que atraviesan nuestras familias y comunidades”.
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