Pero pongamos que en nuestras ciudades y pueblos aún quedan ciertas partes que son testimonio de la belleza que llegó a tener el antiguo arte de los alarifes, o del empeño de algún arquitecto moderno con dignidad y cierto sentido de la belleza y el equilibrio… garbanzos de a libra que cada día se encuentran menos y, para desgracia, que son echados a perder por la intromisión de los cables que se interponen entre el horizonte y las paredes.
Hay en cada uno de los ayuntamientos una oficina muy pomposa que se denomina de desarrollo urbano y que se encarga -entre otras cosas importantes- de que permanezca la armonía en el paisaje de mampostería construido por el hombre. Según la lógica del arte, quien quiera construir una casa, un edificio, un portento, debe convencer a los responsables de esa área de que su obra no afectará la seguridad de las personas ni la concordia de la vista.
Vaya, si su proyecto es feo, podrían decirle allí que no la amuele, que busque hacer algo más placentero a los ojos de todos; que no arruine la panorámica del barrio, de la colonia o del fraccionamiento.
Y en desarrollo urbano también tendrían que estar atentos a esos alambres que rompen cualquier armonía, porque no son nadamás los de la luz o del teléfono, pues ahora se agarran de los postes también los servicios de televisión por cable, que son manejados por técnicos con vocación de hombres-araña, porque en cada esquina establecen marañas de hilos que entorpecerían cualquier salida de Ariadna al laberinto de Creta, por poner un ejemplo.
Alguien debería multar seriamente a los cableros por el atentado que hacen contra la estética urbana y alguien debería ponerse a cortar y a desenredar ese atentado en contra de la vista humana.
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