Porque en política, las diferencias pueden existir; lo que no se permite es la ruptura del protocolo. Y menos aún cuando se trata de actores que comparten origen, partido y responsabilidades históricas. Lo ocurrido no es menor: marca un punto de inflexión en la relación entre grupos que, hasta hace poco, estaban obligados a convivir bajo una lógica de disciplina interna.
La figura de Cuitláhuac García Jiménez, inevitablemente, aparece en el trasfondo. Su administración, cuestionada por amplios sectores por presuntos malos manejos, desorden institucional y señalamientos de vínculos oscuros en el ejercicio del poder, dejó una herencia política cargada de tensiones. En ese contexto, las palabras de su padre no sólo son inoportunas: son políticamente disruptivas.
Y aquí es donde Veracruz vuelve a ofrecer una lección: el poder no sólo se ejerce, también se administra simbólicamente. La investidura gubernamental no es un adorno; es un pilar de estabilidad. Romper con ella —desde dentro— implica dinamitar los puentes que sostienen la gobernabilidad.
El contraste histórico es revelador. Cuando la hoy gobernadora, en su etapa como funcionaria federal, pidió contención a voces críticas como la de la entonces legisladora Eusebia Cortés Pérez, lo hizo bajo un principio claro: preservar las formas para no erosionar el fondo. Incluso frente a agravios, campañas de desprestigio y conflictos reales —como el caso de las grúas y su presunta infiltración por intereses ilícitos— se optó por la prudencia política.
Ese precedente exhibe la diferencia entre formación y ocurrencia. Entre entender la política como un sistema de equilibrios o reducirla a impulsos momentáneos frente a un micrófono.
Hoy, el desaguisado protagonizado por García Durán no puede leerse como un simple desliz de un octogenario. Es, en realidad, la manifestación de un grupo que resiente la pérdida de control, el cierre de espacios y el fin de prácticas que durante años encontraron terreno fértil. Cuando la llave de los excesos se cierra, la reacción suele ser estridente.
Pero en Veracruz, como en todo sistema político maduro, las consecuencias llegan. Porque las formas pesan. Y el fondo, tarde o temprano, se impone.
La lección es clara: en política no basta con haber sido parte del poder. Hay que entenderlo. Y, sobre todo, respetarlo. Porque cuando se rompe el equilibrio entre forma y fondo, el costo no es individual: es sistémico. Y Veracruz —siempre Veracruz— termina siendo el escenario donde esas fracturas se exhiben con toda su crudeza.
Al tiempo.
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