Los padres a menudo tenemos un gran amor por nuestros hijos, y así los echamos a perder de una gran manera, con lo que terminamos por forjar a buenas personas que se insertan debidamente en la sociedad y son buenos ciudadanos.
Hay padres complacientes, estrictos, lejanos, ausentes, atemorizantes, amorosos, consentidores, castigadores, golpeadores, criminales. Entre toda esa fructuosa taxonomía lo que perdura es que casi nunca pierden su condición, ya en la ficción o en la misma realidad.
Y hay progenitores que irremediablemente echan a perder a sus hijos cuando quieren darles todo a cambio de nada, cuando procuran que no hagan ningún esfuerzo para que no sufran. Son los incubadores de hijos inútiles y estólidos.
El maestro Atanasio García Durán se reveló ayer mismo como un padre preocupado por el presente y el futuro inmediato de su vástago, que accidentalmente fue Gobernador de Veracruz durante un gris y execrable sexenio. No de otra manera se ha interpretado la insólita declaración que lanzó ayer llena de críticas a la actual mandataria Rocío Nahle García. Lo que dijo en contra de la ingeniera es lo de menos, porque la segunda intención es lo que valió, con la que evidentemente trataba de poner a su Cuitláhuac en uno de los cajones de salida de los posibles candidatos del partido oficial para las diputaciones federales del año próximo.
He ahí seguramente la razón por la cual Atanasio hizo a un lado su proverbial discreción mediática y se lanzó sin red protectora en contra de la Gobernadora, que en la tradición es la cabeza política del movimiento en el que él milita y del que se siente una figura histórica.
Tal vez él y su progenie consideran que a fuerza de críticas pueden debilitar los nexos del poder que encumbran a la señora Nahle y que reducirán sus capacidades de decisión a la hora de seleccionar los abanderados de Morena y, si es el caso, de su o sus aliados.
Vamos a ver cómo le va al buen Atanasio… y al Cuitla.
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