Durante al menos dos décadas, Héctor Yunes operó como un factor de poder dentro del PRI en Veracruz. Diputaciones federales, locales, posiciones plurinominales y candidaturas al Senado no fueron producto del azar ni de procesos abiertos, sino de una lógica de grupo. Una lógica que hoy parece repudiar, pero que en su momento ejerció sin reservas.
Su salida, por tanto, no puede leerse como un acto de congruencia, sino como un movimiento táctico. Un reacomodo. Y en política, los tiempos dicen más que los discursos.
El destino tampoco es casual. Movimiento Ciudadano aparece como el nuevo refugio. Un partido fundado por Dante Delgado Rannauro que durante años mantuvo a raya la posibilidad de que Yunes Landa tomara control de su estructura en Veracruz. Hoy, sin embargo, las condiciones parecen haber cambiado.
No necesariamente para fortalecer al partido, sino para intentar reposicionarlo con figuras que, aunque conocidas, arrastran consigo prácticas que precisamente explican el desencanto ciudadano.
Ahí está el punto central: el “yoyismo”. Esa enfermedad política en la que el proyecto colectivo se subordina al interés personal. Donde lo importante no es el partido, ni la ideología, ni siquiera el electorado, sino la permanencia en el juego. La supervivencia.
En ese contexto, la narrativa de la renuncia pierde fuerza. No es una ruptura ética, es una migración estratégica.
Mientras tanto, Veracruz sigue esperando respuestas. Más de 8.5 millones de ciudadanos enfrentan problemas estructurales que van desde la seguridad hasta el desarrollo económico. Pero esos temas no ocupan el centro del debate en estos movimientos políticos.
Lo urgente no es el estado. Es la siguiente candidatura. La próxima campaña. El siguiente presupuesto.
La salida de Héctor Yunes del PRI, lejos de marcar un parteaguas, confirma una constante: en la política veracruzana, el problema no siempre son los partidos… sino quienes los habitan.
Al tiempo.
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