Lo ocurrido en Sinaloa golpea directamente a Morena porque coloca sobre la mesa el tema más delicado para cualquier fuerza gobernante: la sospecha de vínculos entre política y crimen organizado. Aunque cada entidad tiene su propia realidad, el impacto nacional contamina el ambiente local. La oposición intentará llevar esa sombra a Veracruz, no necesariamente con pruebas, sino con ruido. Y en política, a veces el ruido basta para erosionar.
Ahí se inscribe la ofensiva permanente contra la gobernadora Rocío Nahle García. A Nahle se le acusa de todo: de lo que ocurre, de lo que no ocurre y hasta de lo que heredó. Esa campaña interminable tiene un propósito claro: instalar la idea de un gobierno fallido antes de que el gobierno termine de ordenar la casa. No se busca debatir resultados; se busca desgastar autoridad.
Pero también hay que decirlo: Morena ya no puede gobernar solo con la fuerza de la marca. El caso Sinaloa obliga a cerrar filas, sí, pero también a limpiar perfiles, revisar alianzas y evitar que los impresentables se escondan bajo la sombra del movimiento. Veracruz será una prueba mayor para esa nueva etapa.
La llegada de Ariadna Montiel a la dirigencia nacional de Morena no es menor. Representa disciplina territorial, estructura social y control político. Para Veracruz puede significar mayor vigilancia desde el centro, menos tolerancia a los grupos locales que juegan por la libre y una operación más fina rumbo a los procesos electorales. El mensaje es claro: Morena quiere orden, no tribus desbordadas.
En la oposición, la renuncia de Héctor Yunes al PRI confirma la descomposición de un partido que perdió territorio, narrativa y autoridad moral. Su salida tras 45 años puede presentarse como acto de dignidad, pero también revela oportunismo tardío: muchos abandonan el barco cuando ya no queda botín ni timón.
Veracruz queda, entonces, ante una paradoja: Morena enfrenta el desgaste nacional de sus propios escándalos, pero la oposición tampoco aparece como alternativa limpia, sólida o creíble.
Por eso el desafío de Nahle no será solo gobernar. Será sostener el control político sin caer en triunfalismos, responder con resultados y no con pleitos, y demostrar que Veracruz no será rehén ni de campañas negras ni de herencias podridas.
La batalla que viene no será únicamente electoral. Será por la credibilidad. Y en Veracruz, quien pierda credibilidad, pierde futuro.
Al tiempo.
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