La defensa de Zenyazen Escobar ha sido negar que estuviera en estado inconveniente, luego de las versiones surgidas en redes sociales. Y aunque eso no pudiera comprobarse, el daño político ya está hecho. Porque más allá de cualquier especulación, lo verdaderamente grave es la conducta mostrada dentro del pleno legislativo.
Este episodio tampoco ocurre en el vacío. El diputado veracruzano ha estado rodeado de polémicas constantes, varias de ellas amplificadas por redes sociales y por su propia exposición pública. En política, la percepción pesa tanto como los hechos, y cuando un funcionario acumula controversias, termina alimentando una narrativa de confrontación permanente.
Morena ha construido buena parte de su discurso en torno a representar un cambio frente a “la vieja política”. Pero escenas como esta hacen preguntarse si realmente existe una diferencia cuando los representantes populares caen en provocaciones, retos y desplantes que recuerdan más a pleitos callejeros que a debates parlamentarios.
El desgaste no solo es individual. También alcanza a las instituciones. Cada vez que un diputado convierte una sesión en espectáculo, se erosiona aún más la confianza ciudadana en el Congreso. Y esa confianza ya viene bastante golpeada.
México necesita legisladores capaces de debatir con firmeza, sí, pero también con altura. La pasión política jamás puede justificar conductas que degradan el espacio público.
Porque cuando un diputado se pone “en guardia” para pelear, quien termina perdiendo no es únicamente él: pierde la política, pierde el Congreso y pierde la ciudadanía que esperaba representación, no confrontación. Está columna se publica los lunes, miércoles y viernes.
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