Durante años, uno de los reclamos más constantes hacia las instituciones mexicanas fue la normalización de conductas privadas bajo el argumento de que “la vida personal” debía permanecer separada del ejercicio del poder. Ese límite hoy parece menos tolerado socialmente. La exigencia pública ya no se concentra únicamente en sancionar delitos acreditados; también demanda que quienes ocupan espacios de decisión comprendan que la legitimidad política depende, cada vez más, de la conducta que proyectan fuera de la oficina.
Eso no elimina un principio esencial: toda persona tiene derecho al debido proceso y a que las investigaciones sean realizadas por autoridades competentes. La propia presidenta Claudia Sheinbaum sostuvo que cualquier denuncia de violencia contra las mujeres debe investigarse y que estos hechos no deben quedar impunes. Al mismo tiempo, Rodríguez Padilla aseguró que enfrentará el procedimiento como ciudadano y que decidió mantenerse al margen de responsabilidades públicas para no interferir en las diligencias.
Sin embargo, el episodio deja una pregunta que trasciende al personaje: ¿hasta dónde llega la responsabilidad pública de quienes ocupan posiciones de poder?
La respuesta institucional, al menos en este caso, parece haber sido inmediata: no esperar una sentencia para frenar una designación, pero tampoco adelantar conclusiones judiciales. En el terreno político, la lectura es otra: los cargos públicos ya no son inmunes al escrutinio social.
Y quizá ahí está el cambio de fondo. No se trata solamente de quién puede gobernar o dirigir una institución, sino de qué tipo de conductas está dispuesta a respaldar —o dejar de respaldar— una administración que ha colocado el combate a la violencia de género como parte de su narrativa pública.
Porque cuando el poder pide confianza ciudadana, la congruencia deja de ser un discurso y se convierte en una obligación. Está columna se publica los lunes, miércoles y viernes. |