Segundo: la extradición no define culpabilidad, solo si México coopera con otro país.
Tercero: el tratado México–EE.UU. no exige pruebas definitivas en esta etapa, sino requisitos básicos.
Y cuarto: al pedir licencia, el fuero podría no aplicar, porque protege el cargo, no a la persona.
Entonces, el conflicto está en la narrativa. Mientras desde el poder se habla de “soberanía”, en lo jurídico se discute la cooperación internacional ya firmada por México. Y ahí es donde el caso se politizó y dejaron caer al erreno de las disyuntivas:
Si se actúa: se acusará al gobierno de ceder a presión externa. Si no: se sospechará, como ya se ha dejado corre, de encubrimiento, filo en el que se encuentra hoy la FGR.
Porque más allá de la culpabilidad —que aquí no se resuelve—, lo que sí está en juego es el mensaje: ¿Se aplica la ley… o se administra el costo político?
Y ojo: la verdadera presión vendrá si este no es un caso aislado, sino el primero de varios más incluyendo otras siglas partidistas e inclusive empresarios. Ahí sí, la actual narrativa política ya no alcanzará. |