No solo el pueblo de Venezuela pasa por el peor momento de su historia, el mundo entero lo está.
La “Operación Absoluta”, como la ha denominado Donald Trump, podría repetirse contra cualquier otro país o, inclusive, revertirse como un búmeran para los norteamericanos.
Sin embargo, el verdadero elefante que está detrás de la Operación Absoluta podría no ser el que se anuncia como justificante para atacar a un país latinoamericano.
Se producen escenarios que, por ahora, a la par de la euforia, el temor o la incertidumbre mundial, están a la vista, como el derecho soberano de los pueblos a autogobernarse y el propio Derecho Internacional.
Es decir, si tomamos las cosas al pie de la letra con las normas, se entiende el caso como una violación a la soberanía de Venezuela, y la condena debería ser internacional. Lo han hecho, por ejemplo, México, que defiende a capa y espada la autodeterminación de los pueblos y el respeto al derecho ajeno; Brasil, que condena que el uso de la fuerza militar extranjera defina el rumbo interno de un país vecino; o España, que no reconoce el régimen de Maduro, pero tampoco avala una intervención de tal naturaleza.
Otra óptica es la Seguridad Nacional y el objetivo de abatir el narcoterrorismo, lo que con razón busca y persigue el presidente Donald Trump.
Para los norteamericanos, no se trata de un golpe de Estado convencional, sino de la ejecución de una orden judicial. Trump sostiene que la “Operación Absoluta” es un acto de justicia penal, debido a las acusaciones de narcoterrorismo y conspiración para importar cocaína que han pesado sobre Nicolás Maduro durante años.
No obstante, es imposible descartar la óptica geopolítica regional latinoamericana, pues la hermandad se ha roto.
El caso ha creado una polarización en la que unos países apoyan la caída del régimen chavista y otros la posible restauración de la democracia y la estabilidad económica.
Hay que señalar también que la democracia en Venezuela no será de aplicación inmediata; mientras eso sucede, los Estados Unidos gobernarán Venezuela hasta que se logre una transición segura y adecuada.
Eso, en primer lugar, significa aceptar como positivo que un país gobierne a otro por tiempo indefinido, lo cual es difícil de ver como una transición segura en el corto plazo, teniendo un aparato institucional en contra, como son las fuerzas armadas, la burocracia y los intereses internacionales que existen en ese país.
Por tanto, hasta cuándo estará tutelando los Estados Unidos el gobierno de Venezuela se podría resumir en un “hasta que los Estados Unidos quieran” y aseguren la administración del recurso petrolero.
Pero, quizá, lo más peligroso y que por el momento no se quiere ver es que, bajo la premisa de un viejo refrán que dice: “A río revuelto, ganancia de pescadores”, resulta imposible que otras potencias mundiales, como China, Rusia y la Unión Europea, no estén mirando cómo hacerse también de una parte del petróleo venezolano.
A unas cuántas horas del peor suceso militar contemporáneo en América, sería ostentoso pensar que lo apuntado sea todo y definitivo. Por ahora, la figura internacional es Donald Trump y el figurón es Nicolás Maduro, pero el sabio tiempo sabe qué nos tiene deparados.
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(COLUMNA "FIGURAS Y FIGURONES") |