Especiales PAD



Minatitlán, partida en dos


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2010-10-03  
22:51
Minatitlán, Ver.- De la noche a la mañana, el centro de la ciudad se partió en dos: la parte alta y la parte inundada. Las rutas del transporte urbano, normalmente corren por el Playón Sur, y algunas bordean el malecón Francisco I. Madero y regresan por el rumbo de la refinería, pero ahora toda esa zona está bajo el agua. La gente camina, amontonada, sobre la avenida Miguel Hidalgo, de o hacia la Justo Sierra, donde están los urbanos.


Los empleados de una tienda de ropa se desgañitan ofreciendo tarjetas de crédito, gratis, sin que nadie les haga caso. Lo mismo que el sonido grabado de una mueblería, vacía de clientes. En el corredor del edificio de la Sección 10, un peluquero del Playón colocó sus sillones y ahí ofrece sus servicios... y  a ahí come y duerme. Está rodeado de televisores, computadoras, bolsas de ropa y un improvisado puesto de chanclas de plástico.


En las orillas de la inmensa laguna, hay silencio. La gente llega en lanchas con bolsas negras, aparatos electrónicos, cajoneras, colchones, gallinas, perros. Se quedan sobre el piso mojado, momentáneamente. Vienen las patrullas de la Intermunicipal y ahí suben sus cosas y se van, rumbo a lo seco. Ya no pudieron sacar roperos, refrigeradores, estufas y lavadoras, lo más pesado. Algunos fueron subidos a los techos, o simplemente se despidieron de ellos.


El golpe de agua llegó la madrugada del jueves, pero el río siguió subiendo, hasta cubrir las plantas bajas de las casas e invadir las segundas en algunas. De las chozas de lámina de zinc, las más humildes, sólo se ve el techo, en colonias como Playón Sur, El Palmar, El Jagüey, Guayacanal y La Aurora.


Algunos no creyeron que el río se fuera a desbordar por segunda vez en menos de un mes, y de los que creyeron, nadie se preparó para una creciente mayor. Así que sacaron algunas cosas y las demás las subieron en mesas o las colgaron del techo. Esas fueron las pérdidas. Porque el agua no tuvo compasión.


En cada una de las bocacalles, donde inicia la pendiente, se instalaron campamentos. Ahí, la gente se coopera, prepara alimentos y bebidas y pasa los días y las noches, cuidando que ningún desconocido se adentre en su sector, a robarles lo que ya no tienen. Cuando llueve, se mojan y cuando hay sol se cubren con lonas de empresas cerveceras o de candidatos, puestos de cabeza. Algunos han hecho sobre la calle chocitas con sábanas remendadas.


Ninguna autoridad se acerca a calles como 28 de Enero, Veracruz, Tampico, Tuxpan, Río Pánuco, Gabriela Mistral, donde los damnificados duermen a la intemperie, a merced de los mosquitos. El argumento es simple: Si quieren que los atendamos, vayan a los albergues.


Quienes se han acercado para llevarles algunos víveres son los jóvenes del Frente Juvenil Revolucionario, las iglesias, un enviado de Antonio Martínez Armengol, voluntarios de diversas agrupaciones y sus propios vecinos.


La alcaldesa no se ha parado por esas callejuelas ni por error. Ha estado muy ocupada atendiendo la contingencia en el área donde hay cámaras de televisión, fotógrafos y reporteros. Porque ni siquiera el Centro de Convenciones, donde cientos de personas esperaban a ser censadas para ver la posibilidad de recibir alguna ayuda, fue convertido en albergue.


La cuarta parte los damnificados prefirió simplemente ir trepando por sus casas y acampar en las azoteas. Hay adultos, ancianos, niños, patos, gallinas. Hasta ahí llegan sin problemas quienes van a buscar víveres, a bordo de canoas, con motor o de remos. El problema son los cuatro metros de agua que corre impetuosa debajo de ellos.


Un recorrido por toda la zona inundada, con el apoyo del titular de la oficina de la Comisión del Agua del Estado de Veracruz (CAEV), Felipe Hernández Balderas, permite desplazarse por la zona comercial del Playón Sur, con todos los locales bajo el agua. El malecón no existe. Sólo salen del agua las luminarias y las copas de los laureles de la India, que ya necesitan una podada.


Ahí están los bares Titanic y Nautilus (a los quizá deberían cambiar los nombres, como cábala) y una gasolinera, de la que sólo se ve el característico logo de Pemex. Capoacán se ve más cerca que de costumbre.


En el malecón, el agua no sale del río: va hacia él. Abajo está el muro roto. No aguantó el peso del agua, la corrupción y la indolencia. Dicen los vecinos que la corriente derrumbó dos casas. Se sabrá cuando bajen las aguas. De cualquier manera, con muro o sin él, el río habría invadido la ciudad. Habrá que repensar de qué manera protegerla.


En los terrenos baldíos hay toneladas de basura, como respuesta de la naturaleza a quienes se preguntan qué está pasando. Los vecinos que están en las casas se molestan cuando se les pregunta si ahí se van a quedar. 'Ahí me saludan a Fidel', grita uno. 'Traigan comida, no vengan a tomarnos fotos', reprocha otro. Algunos niños están parados en las cornisas, a unos centímetros de la muerte. Ya no le temen a la corriente endemoniada.


Al salir del Playón y entrar a El Palmar, poco a poco se terminan las casas de mampostería e inician las de lámina. El agua las cubre hasta el techo. La corriente las empuja fuerte. Reina la basura. Hay más árboles, menos casas y más gente en canoas. Se recorre media ciudad así. Incluso, respetando las preferencias en las calles al bogar. Del centro, a la Justo Sierra. Del edificio de la Sección 10 al Centro de Convenciones, para quienes conocen Minatitlán.


 Arriba, los enormes helicópteros militares golpean el viento con sus aspas; abajo, el barullo es de tristeza y desaliento, el olor es de aguas negras. Es la peor inundación de la historia, la segunda de la temporada. Y faltan octubre y noviembre.


crispingarrido@hotmail.com


coatzadigital@hotmail.com


(Texto y fotos de Crispín Garrido)

 
 
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